Fuga

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Hay domingos en los que un simple telefonazo transforma la calma de la tarde en un doloroso silencio. Ayer nos dejó Manuel Campos Lorca, un histórico del ciclismo en Málaga: excorredor, exdirector deportivo e impulsor de carreras como la Subida Ciclista a la Reina o la Vuelta a Málaga, en esta ciudad tan dada a pasar de largo del ciclismo. Y sé que a muchos de quienes en la década de los ochenta aprendimos los fundamentos de este deporte que amamos, ayer se nos heló el corazón. Nadie deja más huella en la vida que unos padres, unos amigos y un maestro. Y 'El Fuga', su popular apodo de juventud, tuvo, sin saberlo, algo de los tres para muchos de nosotros. Hoy son todo conocimientos técnicos de biomecánica, nutrición o fisiología; y estrategia y tecnología en carrera. Lo suyo, no. Lo de Campos Lorca era gramática parda aprendida a fuerza de fatiga incrustada en las piernas; intuición de un viejo lobo de carretera que cada vez que abría la boca, de su habla atropellada salía una lección irrefutable de ciclismo.

Y mucho más. Porque Campos Lorca no sólo nos enseñó a montar en bicicleta, a rodar en pelotón o a buscar la posición correcta antes de afrontar un puerto. De él aprendimos la importancia del trabajo gregario; del sacrificio del ego por el grupo. Desde las instrucciones que nos daba desde aquel Mirafiori que hacía las veces de coche de equipo nos fue también moldeando la capacidad de ensanchar el sufrimiento cuando quieres luchar por algo. Y ese manual de tenacidad, perseverancia y constancia es parte de nuestro prontuario, que aquel hombre menudo nos ayudó a forjar.

Por el inexorable avance del tiempo, tengo cada vez más recorrido a mis espaldas al que, de vez en cuando, vuelvo la vista. Y ayer, cuando me comunicaron la noticia, regresó a mi memoria ese tiempo feliz en el que mientras soñaba con parecerme algún día a Hinault, a Perico o a Ruiz Cabestany, 'El Fuga' me iba inculcando que para soñar había que abrir los ojos y trabajar duro en la dirección que dicta la intuición del corazón, la misma que alimentaba a tantos que desde ayer le lloramos: Melgar, Luque, Barranco... Varias generaciones que, eso sí, comparten con sus hijos, José Manuel, Francis y María del Mar, una orfandad que necesitaremos un tiempo para asimilar.

Probablemente, desde algún lugar nos estará abroncando para que no nos vengamos abajo y mañana, o pasado, salgamos a rodar unos kilómetros hacia nuestros sueños. Pero hoy no, querido 'Fuga'. No encuentro las fuerzas para pedalear. Pero no te quepa duda de que, cuando hayamos digerido tu ausencia, volveré a subirme a una bici y, quizá cuando nadie me vea, deje brotar una lágrima mientras imagino que, desde el coche del equipo, de nuestro equipo, retumba aún tu voz en mis oídos: «Mete un piñón, Ortín. ¡Aguanta!».

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