Fuertes

JOSÉ MARÍA ROMERA

Los jubilados se movilizan, y todo hace pensar que sus protestas irán a más. La cuestión es saber si tendrán consecuencias. Hay sectores del poder partidarios de dejarles actuar, confiados en que el cansancio y el desaliento no tardarán en hacer mella en sus castigados organismos y pronto volverán a sus casas como un ejército escarmentado, sin ganas de volver a levantarse. Pero otros advierten de que quizá estemos subestimándolos. Son demasiados los votos en juego como para permanecer insensibles a sus quejas. La idea que de que voto de los mayores tiende al conservadurismo y a la inamovilidad carece de soporte científico. El PP puede sufrir la mayor fuga de votos de su historia dado que a este electorado aparentemente fiel se le ofrecen por primera vez otras propuestas ideológicamente no lejanas a las que podrían inclinarse sin ningún problema. Pero lo más significativo no es que los mayores vayan a cambiar su voto, ni siquiera que les asista la razón: es que tienen fuerza. Son numerosos. Disponen de tiempo libre. Están quemados. Muchos de ellos gozan de buena salud, la suficiente para desafiar la lluvia y el frío en las manifestaciones, para sostener las pancartas y gritar sus exigencias a pleno pulmón. No todos han caído en la trampa de un entretenimiento que los estabula en clubes de pensionistas frente a un tapete con baraja o pasando las horas muertas ante la telebasura. Han visto las orejas al lobo. Se sienten burlados, ofendidos, humillados. Pero sobre todo son generaciones que no vienen de la apatía del franquismo sino que están curtidas en la refriega democrática. Estos jubilados de ahora son los aguerridos sindicalistas que lucharon contra la reconversión industrial, los funcionarios que hicieron huelgas masivas en defensa de sus derechos, mujeres y hombres que cuando no pelearon en la clandestinidad salieron a la calle para enfrentarse a los grises y arriesgaron el puesto de trabajo para impedir el despido del compañero. Que la cultura política de muchos jóvenes actuales se haya desplazado hacia el 'clickactivismo' de postureo y la indignación efímera y a menudo insolidaria no quiere decir que todas las quejas colectivas vayan a expresarse en formatos tan líquidos. Lo que hace fuertes a los jubilados de hoy no es tanto su número o la justicia de sus demandas sino su adiestramiento para el combate. Y además tienen poco que perder, que es lo que da energía a los débiles. Eso, y su convicción de estar protegiendo no solo sus derechos sino los de las generaciones que vienen detrás. Están ahí afuera y no dan señales de querer irse a sus casas. Siguen gritando. No ceden terreno. No parece que esta vez se les pueda engañar con unas vagas promesas ni que las multas impuestas por la ley mordaza vayan a amilanarlos. Están en forma y tienen las ideas claras. Ojo con ellos.

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