El más fuerte

Héctor Barbotta
HÉCTOR BARBOTTAMarbella

El periódico de estos días esboza un retrato inquietante de nuestra sociedad. 'Un hombre mata de 30 puñaladas a su pareja en La Viñuela'. 'Detienen a un profesor acusado de abusar de una alumna desde los 12 años'. 'Una pelea en un instituto destapa una supuesta violación a un menor discapacitado'. 'Una menor de 13 años y una joven de 18, intoxicadas graves por un cóctel de drogas'. No se trata de una selección de los sucesos más graves ocurridos en España a lo largo de todo el año; es apenas un resumen de hechos ocurridos durante esta semana en la provincia de Málaga.

A simple vista parece la instantánea de una semana excepcionalmente sórdida. Ojalá fuese así, pero los hechos de estos días no son muy diferentes a los de semanas anteriores ni, desgraciadamente, a los que vendrán en el futuro.

No son sucesos puntuales, aislados, de los que aterrorizan por extraordinarios. Lo que inquieta es precisamente lo contrario. Se trata de hechos que forman parte de lo cotidiano, que dibujan el paisaje habitual en el que nos movemos, ya alarmantemente con escasa capacidad para la sorpresa.

Estos nos han impactado más porque se han producido en nuestro entorno más cercano, pero no son muy diferentes a los que asistimos también recientemente de las muchachas violadas, y a veces asesinadas, en las fiestas patronales de media España, de los niños asesinos de Bilbao o, si nos alejamos un poco más, de los responsables de la oenegé Oxfam aprovechándose de la manera más miserable de la miseria en Hatí o de los ejecutivos de la city londinense abusando y humillando a las azafatas contratadas para animar una gala a la que solamente podían acudir hombres.

¿Qué tienen en común todos estos hechos? ¿Por qué se los debe observar como parte de un mismo paisaje y no como sucesos aislados unos de otros? Porque todos ellos ofrecen el denominador común que nos retrata como una especie que en cierto sentido no ha avanzado demasiado desde que se irguió sobre sus extremidades inferiores y en la que sigue imperando la ancestral ley del más fuerte imponiéndose sobre el desvalido.

De todos estos hechos, los que más aterran son los que tienen a niños como protagonistas. Algunos, la mayoría, en el papel de víctimas. Pero otros, los que más laceran nuestra conciencia, como victimarios. «¿Qué puede llevar a un menor a violar a otro?», nos preguntábamos días atrás en estas páginas. Posiblemente estemos ante la inquietante consecuencia de quien actúa por imitación. Quizás se aprovechen de los más débiles cuando se presenta la oportunidad simplemente porque ven que es así como funcionan las cosas.

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