La frivolidad

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

Arranca un curso cargado de incertidumbre, que es lo contrario de la estabilidad, porque desconocemos qué puede pasar mañana. Y lo peor es que puede pasar de todo. No cabe duda de que el delirio independentista catalán marca no sólo la agenda política, sino también la económica y empresarial, contaminando la gestión de todo el país y absorbiendo tanta energía como esas personas tóxicas que no aportan nada bueno.

Sin entrar en el fondo cenagoso del asunto, donde podríamos hallar mucha corrupción y manipulación, lo que ha faltado en estos últimos tiempos es sentido común y altura política para gestionar lo que Ortega y Gasset denominó la «conllevanza». Este término, como explicó el catedrático de Constitucional Ángel Rodríguez en un artículo en SUR, lo utilizó el pensador español para definir el apaciguamiento, siempre temporal, de las conflictivas relaciones España-Cataluña mediante pactos que, sin contentar por completo a nadie, dieran un mínimo de satisfacción a todos.

Y uno de los motivos por los que se ha llegado a esta situación crítrica es por la frivolización de la política y del propio sentido de Estado. Hay veces que vemos actitudes en los parlamentos y hemiciclos que nos recuerdan a la metáfora del mono con dos pistolas, cuyo peligro es imprevisible e irracional, al margen de descontrolado. Así es la política hoy, capaz de brincar entre las líneas rojas de la estabilidad del Estado disparando sin ton ni son.

Esta frivolidad, que viene desde la época del Gobierno de Zapatero, es como un virus inoculado que impide diferenciar con claridad aquellas cosas con las que no se puede jugar. Si añadimos la facilidad con la que hoy, en la era digital, se pueden difundir mentiras y medias verdades y la ignorancia histórica de algunos protagonistas, completamos un coctel explosivo.

El problema no es poner en riesgo la unidad de España, el modelo territorial, la financiación del Estado y sus comunidades, la estabilidad presupuestaria -el futuro del país, al fin y al cabo-, sino que muchos gobernantes, diputados, parlamentarios o ediles no tienen ni idea -ni ganas de tenerla- de todo lo que ello significa. Y lo que implica.

Es como querer explicarle a un niño el concepto de integrales y derivadas cuando aún no ha aprendido a sumar y multiplicar. Eso ocurre con muchos rufianes advenedizos de la política, incapaces de entender las implicaciones de sus decisiones y opiniones. Quizá porque, por nuestra propia desidia, a veces alcanzan el poder los más tontos e irresponsables de la clase. O aquellos que entienden esto de la política y el servicio público como un extraordinario negociete que les ha caído entre las manos.

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