Franco

FRANCISCO APAOLAZA

Martes noche sobre el escenario del Botánico de la Complutense al oeste de Madrid. El viento crea alrededor del cantante una nube de humo que se dispersa en remolinos arrebatados, rojos punto infernales al trasluz de los focos rojos, como un aterrizaje en algún planeta de un nuevo sistema solar. Cuando canta, a Franco Battiato hay que mirarle las manos como hay que mirárselas a Curro Romero cuando habla. En mitad de la ventolera -Franco, Franco, Franco-, las manos largas, de padre, cirujano y de caricia, acompañan el sentido de un concierto despojado de todo, hasta de su base rítmica, hasta de la voz del cantante, un ejercicio desprovisto de todos los artilugios, un episodio básicamente mental, un ejercicio de fe y de revelación battiática.

Una epifanía y en mitad de todo, los dedos largos y finos como de pasar las páginas de papel de arroz de una biblia equivocada. En el aire alrededor de la cabeza, delante del pecho, fintan el ritmo y el humo las manos de Battiato como cabezas de cobra, enigmáticas y serenas en un principio, y después rápidas en un ademán de ataque, o de pronto suspendidas y estáticas como el vuelo estacionario de un halcón sobre los rastrojales. Busco en ellas patrón, proporción y oscilación de las melodías. «Porque la paz de algunos monasterios y la alegría vibrante de todos mis sentidos solo son la sombra de la luz». De pronto sucede, como si los versos y las melodías compusieran un todo, como si apareciera el patrón en el movimiento de las palomas. Como si se revelara la arquitectura gótica de la obra en argumentos comprensibles -«En los pueblos fronterizos miran pasar los trenes las rutas desiertas de Tozeur»- y de pronto todo se desvaneciera.

Por definición, las grandes preguntas no tienen respuesta y los temas a los que se enfrenta Battiato: la luz, el deseo, el hastío, el universo, la rebeldía, el amor, la desaparición, la propia estancia física y sensorial en el mundo carecen de veredicto y solo permiten un acercamiento tangencial, casi orbital. Despierto al día siguiente con el sonido seco y la estampida de un disparo en el pecho en Córdoba y en las televisiones, el discurso que siempre lo tiene todo claro. Rita, el hotel, la cacería, Blesa, lo insoportable de la opinión pública, el glaciar de la conciencia, el abismo negro de un cañón de escopeta. «Ya lo decía yo». Echo de menos rendirse a lo inalcanzable. La verdad de la vida no tiene una respuesta. Hay cosas que no se deben mirar siquiera de frente.

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