FRACASANDO TODOS

LORENZO SILVA

Nadie se engañe, por más que los suyos lo vitoreen: en la jornada del 1-O, de una u otra forma, han fracasado todos.

Ha fracasado, en primer lugar, y de modo difícil de soslayar, el sistema constitucional español, que a la tensión territorial que ya en su momento fundacional existía en Cataluña, no ha sabido responder de manera funcional y constructiva. Tras cuarenta años de concesiones al nacionalismo catalán, a cambio de votos coyunturales, el arreglo ha desembocado en un acto de grave deslealtad institucional de la Generalitat que es al mismo tiempo un desafío en toda regla al orden derivado de la Constitución, degradada de su papel de norma fundamental por la vía de los hechos para supeditarla a una legalidad catalana sobrevenida con formidables carencias jurídicas y de legitimidad.

Ha fracasado el Gobierno de Mariano Rajoy, que ha optado por una respuesta basada en diligencias judiciales que no podía controlar, ni en tiempos ni en intensidades (para algo los jueces son independientes). Esa vía ha conducido a una situación que ha comprometido a los miembros leales de las fuerzas y cuerpos de seguridad, arrojándolos a confrontaciones con la población de las que no podían salir airosos, ni siquiera echando mano de una contención que mantuvieron en muchos casos pero que en otros se rompió, provocando heridos e imágenes indeseables que desde el procés se aprestaban a vender con fruición.

Ha fracasado el independentismo, yendo más allá del éxito comunicativo propiciado por la torpeza y por la indolencia gubernamentales, porque, lejos de poder exhibir el resultado de una consulta popular inapelable y vinculante, ha logrado poner en pie una seudoconsulta de bajísima calidad democrática, sin ninguna garantía y con intervención desproporcionada y abusiva de los adeptos a una de las dos opciones. Semejante expediente no sólo no puede tener el más mínimo reconocimiento exterior, sino que causa el mal añadido de la humillación y el vejamen de todos los catalanes, y no son pocos, que no participan del fervor por esta vía decisoria, y que han visto cómo se les ha expropiado el sistema educativo, el sanitario, la policía, el resto de la administración catalana y hasta sus datos personales para utilizarlos contra ellos. Los independentistas minimizan, cualitativa y cuantitativamente, la severidad de esta fractura en la sociedad catalana, pero no es a ellos a quienes toca dictaminarla.

Desde este fracaso de todos, sería temerario perseverar en la apuesta por la fuerza: de un lado por la vía de la declaración unilateral de independencia; del otro por la escalada en el estado de excepción. Y sin embargo, esa temeridad, parece, tristemente, el escenario más probable. Al hipotético gestor de una salida acordada, ni se lo ve ni se lo espera.

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