El final feliz de las palabras

El final de las cosas, a veces feliz, a veces desgraciado, ronda el terreno de lo escatológico

JOSÉ MARÍA BECERRA HIRALDOCATEDRÁTICO DE LENGUA ESPAÑOLA

Los chinos llegaron a España y se dijeron entre sí: «Más barato, más cercano y más completo» o «de todo, a todas horas», y les ganamos el mercado a los nativos. Así hicieron con las tiendas, con las comidas, con los coches, con los electrodomésticos, con las peluquerías. Cuentan los nacionales del trato, del ingenio, de las euforias en las peluquerías; cuentan y no paran: que si la cabeza, la barba, las manos, los pies, las alegrías efusivas, lo que llaman 'final feliz'.

Existe el final feliz en las películas románticas; esas que terminan con la escena reflejada en la frase «se casaron, fueron felices y comieron perdices». Como le pasó a Cenicienta y su príncipe azul, o a Blancanieves, o a Ariel y la Sirenita, o a la Bella o en tantos finales de películas lloronas y encantadoras.

Nuestra lengua tiene gran capacidad de significar cosas modificando solo la parte final de las palabras. No es lo mismo 'tipo' que 'tipillo', ni tipillo que 'tipejo', ni tipillo que 'tipazo', ni tipejo que 'tipete', ni 'tipín' que tipo. El secreto está en la parte final y cambiante de la palabra.

'Tolerancia' es una palabra con final que indica acción. 'Aburrimiento' manifiesta el estado duradero de algo. 'Cocinero' nos muestra a una persona hacendosa. A veces acudimos a sufijos apreciativos que sirven para expresar sentimientos o juicios de valor añadidos a la palabra de que se parte; son los llamados aumentativos y diminutivos: 'becerrita', 'comilón', que tienen sentidos afectivos, de disminución, despectivos o de acción brusca como 'pescozón'. Algunas palabras con sufijos en -(c)illo están lexicalizadas y han perdido su valor diminutivo: 'bolsillo, bombilla, calzoncillo, cerilla'; lo mismo ocurre con el sufijo en -ito: 'centralita, derechito, pajarita; con el sufijo -ete: 'caballete, soplete, tableta'; con el sufijo -ón: 'camisón, paredón, telón', que han perdido su valor aumentativo.

Semánticamente el sufijo toma el significado de la palabra, pero algunos sufijos marcan un significado a la palabra: -ble la capacidad de algo (bebible), -al lo relativo a (artesanal), -ista la de partidario (ecologista), -ero la profesión, el lugar, el árbol, el utensilio (cartero 'el que se dedica a repartir cartas', invernadero 'lugar preparado para defender las plantas contra el frío', limonero 'árbol que produce limones', mechero 'utensilio que sirve para encender fuego'), -(d)or el sentido agentivo (comedor 'sala habilitada para comer en ella', orador 'persona que habla en público', sujetador 'sostén, prenda de la mujer').

La palabra 'populismo', declarada palabra del año en el 2016, refleja la vitalidad de la lengua. Se trata de una palabra con final motivado, ya existente entre nosotros con el significado neutro de afición a lo popular; aplicado a la política se reconoce como tendencia a atraerse a las clases populares; lo que es nuevo es entenderlo como habilidad para engañar a las clases populares mediante soluciones simplistas a cuestiones complejas; es la nota negativa de esta modificación semántica. De hecho durante 2016, año teatral en lo político, Iglesias se lo achacaba a la derecha, Rajoy entendía que era cosa de las izquierdas, Maroto se lo lanzaba a los catalanes, Sánchez se lo endilgaba a la otra izquierda, y Rivera decía que ellos eran de centro y no de los extremos.

El final de una palabra puede indicar un aumento en el tamaño del significado fundamental. La lengua se vale de los sufijos -ón, -azo para ello, como en 'tostón, tortazo'. Junto al aumento real está la acepción coloquial; así, uniendo lo afectivo-despreciativo con lo cuantitativo en 'calzonazos' indicamos a un hombre de carácter débil y condescendiente o a un hombre que se deja dominar con facilidad, especialmente si es por su mujer. El final en -ajo forma sustantivos y adjetivos con valor entre despectivo y diminutivo, como 'pequeñajo'; combinado con -ar da lugar a 'espumarajo', con -arro da lugar a 'pintarrajo', con -strajo a 'comistrajo'. El sufijo participial -ado da lugar a situaciones despectivas, como 'pollada' o 'pollá' dicho de algo que no vale la pena; se queda uno muy relajado cuando califica algo de 'chuminá', o se siente uno muy satisfecho cuando suelta a alguien una 'guantá'.

La lengua varía las terminaciones para distinguir cosas nuevas. 'Futbolista' es el que juega al fútbol, pero 'futbolero' es la persona apasionada por el fútbol, lo mismo que el doblete 'motorista-motero'. Por este camino han nacido los gentilicios deportivos: 'granadino-granadinista, malagueño-malaguista, madrileño-madridista'. La lengua se sirve del final para indicar cosas importantes, como el tamaño: un 'saco' es algo más pequeño que una 'saca', como la relación productor-producto: 'manzano' es el árbol que produce 'manzanas'.

Cuando oigo a un extremeño decir 'guapino', siento la misma emoción que cuando oigo 'guapín' en Asturias, 'guapito' en Málaga o 'guapico' en Navarra. No podemos olvidar que el sufijo diminutivo-afectivo -ico es representativo, actualmente, de todas las hablas del valle del Ebro, tanto aragonesas, como navarras, como riojanas y hasta murcianas y granadinas (Granada es la tierra del 'chavico').

Existen tres Andalucías, la del 'pescaíto' frito en el centro de la región, es decir, Málaga y Córdoba, la del 'pescaíllo' en Sevilla y Cádiz, y la del 'pescaíco' en Granada y Almería. Domina en una zona el final en -ito, en otra el final en -illo y en la oriental el final en -ico. No se trata de diminutivos sino de afectivos. Después dicen que los andaluces nos comemos el final de las palabras. También los catalanes y los franceses.

El caso del 'postureo' es el de una nueva palabra, surgida a imitación de 'coqueteo, veraneo, goteo', en que aparece un sustantivo derivado de un verbo terminado en -ear con el significado de acción y efecto. Pero en este caso el verbo 'posturear' tampoco existe. Es una innovación total.

En fin, que el final de las cosas, a veces feliz, a veces desgraciado, ronda el terreno de lo escatológico. Nuestra lengua se debate entre hablar del final de la vida y del más allá, o hablar de los excrementos del cuerpo.

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