Las fiestas y los cuentos

Quería reconvenirse y actuar con la supuesta normalidad de cada día, pero 400.000 euros dan para soñar y las ardillas que parecía llevar en la barriga no le dejaban concentrarse

JOAQUÍN L. RAMÍREZ

Fue una mala noche, el anís con el que brindaron llevaba años en la vitrina y estaba abierto. De hecho, una película blanca como de azúcar revestía parte del cristal por dentro. No le sentó bien, quizá porque tomó varias copas y bien que quemaba su garganta, a pesar de su generoso -excesivo- dulzor. Lo cierto es que, entre el estómago y el esófago, la sensación de fuego le duró horas y apenas pudo dormir. ¡Qué bonita es la Navidad! -se dijo para sus adentros con intrascendente amargura-.

Había entrado a la casa a oscuras. Llevaba un plumífero y un gorrito y, además, sin gafas estaba irreconocible. La casa de la abuela sólo tenía luz en la planta de arriba y decidió subir la escalera en penumbra, la conocía muy bien. Al llegar, los allí reunidos le abrazaron, empezando por mamá Conchi, que a sus 90 años se conservaba muy bien. Fue una cena feliz, de reencuentro. La paradoja es que la abuela no habla nada de catalán y sus recetas, sus costumbres y todo el ambiente de la casa eran auténticamente de Jaén, si pudieran verle ahora...

Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Reyes... Cada día de aquellos, sufrimiento. Los años felices se habían tornado amargos, las celebraciones se atragantaban una tras otra. Era hora de parar ya y volver a la rutina de la fábrica. Aunque la calle, los conocidos y hasta los amigos, no paraban de reiterar los deseos de felicidad y de resaltar la singularidad de esas fechas. Era un trago, pero también pasa, todo pasa, es verdad.

Luces, orquestas en la calle, colorines por doquier, no podía evitar aquella estúpida sonrisa que llevaba horas dibujada en su cara. Quería reconvenirse y actuar con la supuesta normalidad de cada día, pero 400.000 euros dan para soñar y las ardillas que parecía llevar en la barriga no le dejaban concentrarse. Se lo diría a su marido nada más llegar a la tienda, él estaría sin parar atendiendo a los clientes. Él sí sabe disimular, y encajar noticias y sobresaltos, con sonrisa leve y enigmática. El queso se vende muy bien y mucho en estas fiestas y hoy, con alegría mucho mejor.

Llevaba once horas de coche. Había parado tres veces y no estaba cansado. Bueno, un poco sí. La compañía de la radio le servía para continuar con reflejos y también el propósito de llegar a tiempo para la cena. Después de dos bocadillos, uno a las ocho y media de la mañana -dos horas después de emprender la marcha- y otro a las tres al pasar por Aranda, la idea de una sopa caliente le atraía sobremanera. No había pasado frío en el viaje, a pesar de la lluvia, el viento y la nieve, todos parecieron efectos visuales. Llevaba un buen coche y sólo notó que estaban bajo cero la segunda vez que puso gasolina, pero fue visto y no visto. Habló por teléfono con la Tata, apenas estaba a 45 minutos, las pardinas y el queso la peral estaban al caer, nada de sopa.

Estaba bueno el bacalao, si estás de servicio solo quieres comer con normalidad. A Pepe le ha tocado trabajar en Nochevieja, yo prefiero que haya sido hoy. Ya son ganas de lloriquear la que han liado con el menú. En hospitales, fábricas, panaderías, pantanos, centrales eléctricas, militares en misiones en el extranjero, etc. hay un retén de guardia y toca estar más de lo que se quisiera, pero no se dramatiza tanto, o no se dramatiza nada, con langostinos, con confeti, o sin ellos.

Lloran o no lloran. Lo celebran, cada cual distinto; hay quien no celebra nada. Porque no se desea o porque no se tiene costumbre, y ya es difícil. Las ciudades engalanadas imponen alegrías que pueden o no tomarse. Galas televisivas o películas blancas, más o menos tópicas y blanditas. Todo es Bedford Falls, la ciudad fabulada de 'Qué bello es vivir'. Puedes sumarte a ella, a sus luces y su sintética y fílmica nieve, o decidir no estar. Hasta puedes querer creer que eres tan insignificante que pudiste no haber nacido y todo sería igual. Que otros ocuparían tu lugar en la lucha contra los Mr. Potter de la vida. Y puede que sí, que de igual ser un Balley, un Sotomayor o un Martín, el mundo sigue o seguiría por estos o por otros derroteros. Tú no habrías estado y sólo tú te lo habrías perdido. A pesar de todo, es mejor haber venido. Feliz año.

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