El alféizar

La fiesta del corazón

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

La irrupción de la Navidad en el calendario es arma de doble filo; unos la adoran y otros la detestan. Sorprende las filias y fobias que despierta esta fiesta cristiana que celebra el nacimiento de Cristo. Quizá sea porque toca el corazón. Y lo hace remitiendo a un corazón limpio, puro, sincero. Al corazón de un recién nacido. Y es que en materia de corazón somos especialmente sensibles. Unos porque lo mantienen intacto y otros porque lo conservan podrido de latir. La asignatura del corazón es tema pendiente, siempre estamos madurando. Y esto de amar es experiencia, a veces, complicada. Algo tan íntimo nunca fue objeto de más trapicheo, deseo y manipulación. Vivimos en una sociedad de corazones fáciles con el consiguiente riesgo: hacernos daño en lo más íntimo y sagrado que tenemos. Sin apenas respeto por el corazón propio o ajeno, hay quien cabalga entre aplicaciones móviles para salvar los saltos de las cataratas de la vida, hay quien se empeña en controlar las emociones y no respetar los procesos de crecimiento y hay quien directamente detesta y detecta que la fiesta del corazón, la Navidad, no es apta para ellos. Las cosas están así. Y así hay que conocerlas y reconocerlas.

La soledad que experimentan algunos en estas fechas contrasta con la compañía de otros, el cariño que muchos viven en el seno familiar choca frontalmente con el infierno que se vive en otras casas, la abundancia de la que algunos hacen gala escupe a la cara, de manera impúdica, a quien no llega a final del mes. En Navidad los contrastes de evidencian. Quizá porque somos sociedad de contrastes y es el corazón el que los detecta; un corazón que en esta época del año se torna sensible. Y porque las sociedades actuales priman la sensibilidad. Son más fáciles de manipular. Conviene recordar que la fiesta, en su génesis, mira al nacimiento de un pequeño. Algo que enseña mucho de gratuidad, de ternura y comprensión; de acogida, protección y sencillez. El corazón que late sanamente es capaz de abandonarse a lo delicioso de la vida. Un corazón así no teme la ventolera de las emociones y sentimientos. Es un corazón maduro que en estas fiestas, que pronto celebraremos, sabe mirar con respeto, cariño y bondad a quien le rodea. También en medio de las contradiciones propias que se experimentan con alguna frecuencia.

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