Fiebre identitaria

DIEGO CARCEDO

Escuchando a muchos políticos da la sensación que el único problema en España, por lo menos el más importante, es el de nuestra propia identidad regional discriminada. Vale que haya un conflicto grave de independentismo en Cataluña, es sin duda algo muy grave, de difícil solución y sin duda mal afrontado desde hace tiempo. Pero de ahí a que la vida pública aparezca continuamente empañada por reivindicaciones del origen de cada uno, hay un abismo que habría que mirarse.

España es un país plural, sin duda. ¿Cuántos no lo son? Las diferencias culturales y a veces lingüísticas existen. No hay que olvidarlas ni desdeñarlas. Lo que no se concibe es que se está convirtiendo en un motivo permanente de exigencia y reivindicación cuando no de agravio. ¿Por qué? ¿Acaso nuestra sociedad no enfrenta cuestiones de presente y de futuro más apremiantes? El país ya está descentralizado, lo mismo que, como contrapartida, está integrado en Europa. No hay justificación para tantas inquietudes ni tan pueriles como las que se manifiestan entre una buena parte de las Comunidades Autónomas, empezando por Galia, acabando en Baleares o Andalucía y por supuesto, Euskadi.

Hay un viejo dicho que dice que cuando no tiene qué hacer, el diablo espanta moscas con el rabo. Pues algo parecido ocurre a menudo con la actividad de muchos políticos para quienes es más importante que se reconozca oficialmente su pequeña diferencia que el verdadero y cotidiano interés de la gente, desde la sanidad, la educación, o el medio ambiente que determinará el porvenir.

Y todo por no hablar de la sequía ideológica que angosta la política española. Hace mucho tiempo que los partidos políticos no aportan ninguna propuesta digna de ser tenida en cuenta. Y esa considero que es la clave del infantilismo identitario que nos embarga. Les basta con distraer a la opinión con sus cuestiones particulares y de vez en cuando buscar y estimular subterfugios que den la imagen de que están preocupados por lo que es apremiante.

Los partidos políticos en España atraviesan un declive preocupante: se están convirtiendo en máquinas, a veces corruptas, de afrontar elecciones. Y con frecuencia se escaquean abordando cuestiones, como las identitarias, que ni son urgentes, ni primordiales ni se plantean con ánimo de unión sino todo lo contrario.

Una buena parte de las cuestiones que se abordan desde algunos nacionalismos rayan en el concepto supremacista de la raza y lamentablemente el pésimo ejemplo es secundado con cierta frecuencia por otros partidos incapaces de convencer de la conveniencia de amortiguar diferencias y fijarse objetivos globales importantes. La fiebre identitaria que se ha despertado tiene más de irresponsabilidad infantiloide que de razones sociales, culturales o económicas.

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