NO HUBO FERRAGOSTO

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

POR lo menos en Marbella y en lo municipal. Porque, en lugar de honrar al emperador que instituyó la feria de Augusto y marcharse a la playa, aquí nos dedicamos a cambiar de alcalde. Es curioso pero ésta, que yo recuerde, es la segunda oportunidad en que durante este mes se introducen profundos cambios en el Ayuntamiento. Hace ya varios años que un grupo variopinto se deshizo del sucesor aquél y ahora, en otras circunstancias totalmente distintas, se hace coincidir la temporada para protagonizar un cambio de gobierno. Dicen que es bueno lo que bien acaba y si eso es así, debemos congratularnos porque vuelve a mandar la mayoría, no absoluta, pero mayoría. Nos guste o no, la democracia funciona de esta manera o, por lo menos, debería funcionar, diga lo que diga el Tribunal Supremo de Canadá, a propósito de algo que nos afecta, secesión. Soy un nostálgico y voy a echar de menos a Pepe, lo mismo que eché de menos a María Ángeles cuando se quedó a un escaño. Admiro a todos los que, desinteresadamente, se dedican al servicio público y se atreven a hacerse cargo de funciones que serán muy honrosas pero que traen aparejados críticas, incomprensión y sinsabores. Y la administración local es de las más complicadas porque afecta a elementos muy de andar por casa pero esenciales para cualquier hijo de vecino: la basura, el ruido, la circulación, el ornato, la limpieza... Desde que superamos la época ominosa, todo el que ha estado en el consistorio, con mayor o menor acierto, ha tratado de hacer lo mejor para la ciudad y, por eso, merece respeto y consideración.

Pero hay que sacudirse la morriña, pensar en el futuro y atender cosas que están pendientes o que, a mi modesto juicio, serían beneficiosas para esta ciudad. Habrá muchas más pero, después de todo, ¿quién soy yo para dar consejos? A pesar de mi falta de competencia, no me resigno a apuntar unas cuantas y lo haré sin que el orden de consignación sea indicativo de su mayor o menor importancia.

Hay que sanear, proteger contra la corrosión y pintar las rejas del paseo marítimo. La elección del hierro para ese sitio puede ser discutible pero, adoptada, hay que apechugar y evitar el aspecto de abandono que ha llegado a adquirir. Hablando del paseo que no en balde es el buque insignia de la ciudad, hay que hacer todo lo posible por cargarse el monstruo de cemento y hormigón que ha aparecido en la misma playa para la estupefacción de los que pensábamos que había una ley que protegía las costas de construcciones inmisericordes. Ya sabemos que es difícil devolver las cosas a su estado anterior pero no se debe desfallecer.

En lo relativo a la menguada arboleda, por favorcito, no cortemos ni uno más. Si alguno está enfermo lo cuidamos como a cualquier ser vivo pero no lo matemos. Y a ver si no podamos tanto los que nos dan sombra que los dejamos hechos unos chupa-chups.

Tampoco nos gastemos dinero en hacer más rotondas, totalmente inútiles algunas que se yerguen en medio de un simple cruce no demasiado concurrido y otras matizadas con un semáforo que son la cara opuesta de la moneda. Justamente se inventaron para ordenar la confluencia de dos calles, tradicionalmente solucionada manu militari, a través de las luces que sin atender al momento te permitía o no te permitía pasar. Según el color con el que te enfrentabas, seguías o no, aunque no hubiese nadie favorecido por el verde. Las rotondas son una manifestación de la libertad. De la dictadura semafórica se pasa al libre albedrío. Pero si se combinan ambas cosas, no se gana nada y se construye un estorbo.

Si hay obras en las calles que afecten a la circulación, habrá que hacerlas en las épocas de menor confluencia, aunque haya elecciones a la vista y anunciarlas, las obras no las elecciones, para que podamos adoptar soluciones, mudarnos de casa, emigrar, vender el coche, despedirnos del trabajo, en fin.

Y, puestos a pedir, que se peatonalice, aunque sea parcialmente mi calle. Con una pista, basta. Tampoco hoy tiene más porque hay aparcamientos a ambos lados y en uno, en batería. Mientras tanto, en las aceras se agolpan las mesas y los peatones debemos circular de perfil. Y, claro, unos arbolitos no nos vendrían nada de mal. No hay ni uno.

En agosto aunque poco, el que no disfruta está loco.

Fotos

Vídeos