Fernández el bueno

Los jueces tenían una consigna. Meter a todo el mundo en la cárcel

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Como regalo de Navidad, Héctor Barbotta nos ha ofrecido un estupendo trabajo periodístico en dos entregas. A cual mejor. Una buena entrevista acaba siendo un retrato del entrevistado. En la que Barbotta le hace a Carlos Fernández el perfil del exconcejal va revelándose hasta convertirse en una imagen expresionista, un retrato frente al que el protagonista tal vez sienta algún tipo de desasosiego pero ante el que los demás reconocerán al primer golpe de vista detalles y matices imposibles de captar para el objetivo de una cámara fotográfica.

De Fernández, en sus tiempos de concejal, se comentaba su desparpajo y sus dotes sociales para relacionarse con una manada de tiburones si era preciso. De hecho, lo hizo. Dicen que en el PA -donde fue a caer, pues con Fernández hablar de ideologías suena a broma- lo usaban también para eso, para que impartiera charlas sobre cómo hablar en público y usar cada gesto en beneficio propio, de la comunidad, del partido. Llevado a la caricatura, se diría que Fernández es un perfecto charlatán. No es ánimo de ofender, pero lo cierto es que el propio Fernández, a lo largo de la entrevista con Héctor, se desliza por el terreno de la exageración y el monigote.

De sus palabras se deduce que tuvo que huir por ser un hombre demasiado bueno. Huyó por honestidad o, como en su día dijo su padre, se fue al «exilio» porque «no está de acuerdo con el sistema». La Justicia, deja claro Fernández, está podrida. Había fiscales malos-malísimos. Y los jueces tenían una consigna. Meter a todo el mundo en la cárcel. Un procedimiento inquisitorial, revela Fernández que fue aquello de Marbella. Con él hemos aprendido -al menos yo- que el nombre de Malaya le fue otorgado a la operación policial por semejanza con la tortura asiática. Martillear hasta doblegar las voluntades y hacer que los acusados confesasen lo que el juez -o gente de más arriba desvela Fernández- deseaba que confesasen. Lo que Rubalcaba quería que dijeran. Si Fernández no se hubiera visto impelido a mover ficha para salvar a su pueblo de la inanición podría haber sido alcalde de Marbella, pero a él le hervía la sangre viendo tanto despropósito e intentó una operación de salvamento. Ahí empezó su desgracia. Si hubiera quedado de brazos cruzados como otros habría alcanzado la gloria política. Un incomprendido. En su partido tampoco lo entendieron muy bien. Por eso le abrieron un expediente. A veces cuesta entender a este hombre. Como cuando afirma que él es «una persona que no deja tirado a su equipo. Jamás». Salvo cuando lo dejó tirado y huyó. Claro, argumenta, lo querían meter en la cárcel. Pero a continuación nos dice que estar preso es una experiencia muy gratificante. Así lo reconoce y por ello le ha dado las gracias al juez y al fiscal argentinos que lo enviaron a prisión proporcionándole una «experiencia maravillosa». También ahí se ha sacrificado. Con lo maravillosamente bien que lo habría pasado estos años en Alhaurín el buen Fernández.

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