San Fermín, again

Antonio Soler
ANTONIO SOLER

Puntuales, borrachos o atletas con instintos de la edad de bronce. Émulos de Hemingway o tradicionalistas, folclóricos con querencia a la sangre y fantoches de la transgresión. Aguerridos, ilusos, valientes, papanatas. Allá van todos juntos, corriendo Estafeta adelante con la luz primera del día. El chupinazo es un orgasmo de pólvora, la sacudida que despierta la testosterona y los ancestros de esta tribu deslavazada que por una semana juega toda a lo mismo, o casi. Unas gotas de literatura manida, un heroísmo castizo y unas buenas dosis de ferocidad se agitan en la coctelera. El vandalismo institucionalizado y elevado a los altares a través de los medios públicos.

Ahí están todos, retransmitidos en directo cada mañana y jaleados por unos 'expertos' en esta modalidad de la animalada. Alta definición y 4D para la edad media. Y aquí está uno con la misma y puntual sorpresa, admirado por la permanencia de ese doble juego, de ese cinismo informativo que en los telediarios nos alerta de cualquier imagen violenta, que nos pone gasas y algodones antes de ofrecernos un cadáver fotografiado a cien metros de distancia pero que a continuación se recrea en esos actos de brutalidad, pasando a cámara lenta cómo el pitón de un toro alucinado entra en el cuerpo de uno de esos corredores o cómo éstos son coceados y pateados en una avalancha múltiple. Una montonera lo llaman. Los eruditos en esta suerte de barbarie que cada mañana precede al refinamiento taurino de la tarde (más sofisticación para la misma cosa pero con el plus asegurado de que la muerte y el bonito descabello visitarán el ruedo seis veces).

De continuo nos previenen contra la violencia, contra el riesgo de no usar el cinturón de seguridad, no digamos de conducir con dos copas de vino en el cuerpo. Machaconamente nos recuerdan lo peligroso que puede resultar que no bebamos agua suficiente, que hagamos ejercicio en las horas centrales del día o que no caminemos por la sombra cuando hace demasiado calor, y a continuación nos comentan de un modo festivo el número de heridos por asta de toro de ese día, los contusionados, los borrachos que apenas distinguen un toro de una camioneta de la policía municipal y, si San Fermín tiene un despiste y abandona la protección de la aguerrida muchachada, dan las señas de ese muerto que la providencia nos ha traído. El negocio es grande, sí, pero el disparate también lo es. Una avalancha turística que deja Pamplona a rebosar. Una propaganda de la que sólo nos muestran la cara A, el turismo, los sosias de Hemingway que chamullan cuatro palabras en español y van a fotografiarse en las ventanas donde el escritor presuntamente se asomó. De la cara B, esa que sigue viendo todo este esperpento español alrededor de los toros, nos cuentan poco. Hay que preservar el negocio. Pero quizás no a costa de enaltecer de ese modo la brutalidad y venderla, con dinero de todos, como una de las más altas cotas de nuestra civilización.

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