Abogando

FERIA

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Hemos estado de feria esta pasada semana. No es novedad ni noticia: lo sabe todo el mundo. Bueno, el mundo local porque en Singapur es difícil que estén al tanto: ya están bastante ocupados. Quizá soy la persona menos indicada para comentar cualquier cosa relativa a este magno acontecimiento porque disto mucho de ser feriante. Creo que la última vez que aterricé en el recinto fue durante el siglo pasado quizá impulsado por algún propósito electoral, para coger votos o comprometer apoyos. Es que no sé, me resulta difícil divertirme por obligación. Además, solía hacer mucho calor y se bebe a espuertas. Comer, se algo menos y siempre con un recuerdo de aquella exhumación de gatos que me marcó para siempre. Por los pinchitos y por las mascotas. Además, la bebida te la sirven en vasos de plástico que no son mis preferidos y la combinación que se inventó no sé donde, siempre me decepciona. Parece un mojito pero sólo es un rebujito. Así que soy, digamos, un observador pasivo, la observo desde fuera. La oigo sí, bastante, y presencio los fuegos artificiales desde una privilegiada atalaya. Pero asistir, poco.

Hay varias cosas que me llaman la atención. Primero, que el personal se renueva. No me precio de conocer a todo el pueblo, ni mucho menos pero por la calle, un buen porcentaje de las caras de aquellos con los que me cruzo o los conozco o al menos sé quiénes son. Y algunos de qué pie cojean. Pero en estos días no me topo con casi nadie. De repente, alguien me resulta familiar y hasta me saluda pero, en proporción a la multitud, es infinitesimal el número de conocidos.

Me encanta ver damas con bata de cola. El traje de flamenca que algunos llaman de sevillana sienta estupendamente a todas las edades. Es difícil que alguna se vea mal porque el atuendo la hace ver más agraciada. El traje enterizo, el talle el escote, las mangas cortas, los volantes que adornan la falda. Los lunares y los colores llaman la atención y el vestido talar da una sensación de esbeltez. Todos los complementos contribuyen a recrear la vista, las flores en el pelo, el mantoncillo y no digamos el mantón de Manila. Que, como se sabe, vendría de Manila, ya que aquello era España pero se hacía en la China, Na China, Na China como el que te voy a regalar por ser la Virgen de la Paloma. Es una lástima que no se use más a menudo. Y espero que estos requiebros no se interpreten mal. No es machismo ni acoso: pura admiración.

Pero, siempre hay un pero, la feria de Marbella coincide exactamente con el mítico cuarenta de mayo, que este año se ha transformado en el sesenta para quitarse el que te dije, con cierta seguridad. Muy oportuno climatológicamente hablando pero algo complicado de combinar con otros compromisos. Desde luego, ésta es época de exámenes cuando los estudiantes aprietan y se suman en sus libros para recuperar el tiempo perdido y ante la inminencia de las pruebas a los que los someterán. Y coincide casi exactamente con las terroríficas pruebas antes llamadas de selectividad, un nombre poco apropiado porque evoca la diferenciación entre varias categorías. Unos son los selectos, los seleccionados, los elegidos, los que alcanzarán la gloria y otros, los que serán arrojados a las profundidades del fracaso y de la incultura. Las sopas de letras se han impuesto oficialmente para denominar este trascendental paso del instituto a la universidad, el momento cuando el pobre se juega su futuro por unos decimales de más o de menos y cuando la vocación no puntúa sino que lo que de verdad importa es la nota de corte que permite acceder a unas carreras y no a otras, aunque malditas las ganas que se tienen de estudiar derecho -concebido tradicionalmente como un muermo- cuando lo que se quería era ser enfermera. La feria no ayuda para nada. Pero ¿cuándo es la época propicia e ideal? En abril, aquella por excelencia, llueve con bastante probabilidad. Para aguarse, ya están las procesiones de Semana Santa. En mayo, está el Rocío y otras citas inexcusables. En agosto, como en la capital, hace demasiado calor y ya no cabe más gente sin necesidad de inventar excusas para venir. Quizá en octubre como la sampedreña pero sólo al que asó la manteca se le ocurriría juntarlas.

Ya se sabe que se habla de la feria según te va en ella.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos