Las feministas somos gente normal

Ana Barreales
ANA BARREALES

No sé si alguno habrá visto un vídeo que circula por whastsapp y redes sociales en el que una profesora se queja con ironía de que está muy preocupada porque en su colegio tienen un niño «normal», sin ningún tipo de trastorno, ni altas capacidades, ni nada de nada y no saben qué hacer. Y que, claro, eso de la normalidad hay que estudiarlo no vaya a ser algo contagioso.

A las feministas nos pasa lo mismo que al niño de vídeo: somos gente normal que defendemos algo tan simple como que la igualdad teórica entre hombres y mujeres se convierta en real y que eso llegue a todos los campos: trabajo, salario, familia, ocio, seguridad, respeto. Tampoco es tanto pedir.

Sin embargo, hasta ahora, si mencionabas que eras feminista te miraban como si fueses una llorica radical que considerara a los hombres sus enemigos o, al menos los odiara un poco, y se dedicase en sus ratos libres a quemar sujetadores en la plaza del pueblo. Curiosamente, los machistas eran vistos por esa misma gente que te tacha de extremista con cierta indulgencia y les consideran simplemente hombres tradicionales o un poquito chapados a la antigua.

El jueves no salieron a la calle activistas peligrosas, sino miles de mujeres normales, madres con sus hijas, abuelas que se manifestaban pensando en sus nietas, hermanas, amigas, muchas chicas jóvenes, familias enteras, compañeras de trabajo que se organizaron para ir juntas y algunos hombres que quisieron acompañarlas. Todas querían estar allí para reclamar que hay que cambiar un sistema social fallido que nos perjudica. Seguramente, no estén de acuerdo en muchas cosas, pero consiguieron el milagro de unirse para defender lo fundamental. Han descubierto que no estaban solas y que muchos de los agravios y situaciones injustas que vivían eran perfectamente comprendidos por otras mujeres que experimentaban exactamente lo mismo. Una explosión de sororidad frente a los que creen que las mujeres somos muy malas unas con otras. Y todo ello sin líderes ni cabezas visibles y al margen de partidos políticos para que nadie se apropie de su causa.

No parece que haya nada amenazante en los mensajes que podían leerse en las pancartas del 8M como: «De camino a casa queremos ser libres, no valientes», «yo paro para que mis hijas no tengan que hacerlo» o «yo decido dónde, cuándo y con quién». Algunos sarcásticos: «¿Por qué te da miedo cuando abro la boca y no cuando abro las piernas?», y hasta divertidos: «Manolo, la cena hoy te la haces tú solo».

Ojalá que esto se transforme en una presión sobre los legisladores, para que cambien lo que se pueda mejorar por ley, y sobre la sociedad, para que rechace lo que escape al ámbito de la legalidad. Eso es la revolución feminista.

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