Feminismo para todos

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Todo hombre es machista hasta que se demuestre lo contrario. Y toda mujer también. Eso decía mi abuela que no era ejemplo de feminismo y tragó patriarcado hasta en la sopa. Pero algunos hombres, quizá menos misóginos que otros, incurren de vez en cuando en inefables micromachismos, palabro de moda durante la semana revolucionaria. Para un hombre es siempre difícil hablar de mujeres, ya sea por la condescendencia, el deseo implícito o el menosprecio larvado.

El primer efecto de las manifestaciones del 8-M fue avergonzar a los falócratas de la tribu. Esa vergüenza masculina no nace solo del daño que los hombres le han infligido a las mujeres desde las cavernas, sino con el hecho de que hayan tenido que echarse a la calle y montar un espectáculo multitudinario para gritarle al mundo que están hartas, que no aguantan más, que no han hecho nada para merecer la desdeñosa superioridad con que se las sigue maltratando. Y tienen razón. Nuestro tiempo acabó. Es el año 'Wonder Woman'. Nada más demagógico, en este sentido, que el sectarismo machista de ciertos portavoces rancios acusando a las líderes feministas de élite minoritaria. La brecha femenina de clase no constituye una brecha política. Y nada más lógico, en este contexto, que mujeres fuertes acudan en socorro de sus hermanas golpeadas por la violencia e iniquidad de la vida social.

La libertad sexual la tienen asegurada, aunque no deberían descuidarse. De nada vale una práctica liberada de tabúes si no va acompañada de una afirmación ética de fuerza individual. En cambio, la igualdad salarial suscita aún polémicas espurias. Las grandes conquistas femeninas del último siglo son la legalización del aborto y el divorcio. Con estos cimientos las mujeres pueden construirse un devenir exento de obligaciones que las esclavicen a hombres indeseables e hijos no deseados. Quizá suene radical, pero si una mujer aspira a tener una vida propia no debería claudicar con facilidad ante imperativos biológicos. Conozco a numerosas mujeres que se sienten felices y satisfechas sin haber padecido el paritorio ni soportado la sabiduría falaz de las comadronas.

Los hombres, además, somos idiotas de nacimiento. Y nos quejamos de vicio. Sin la libertad de las mujeres, la nuestra es un pálido simulacro. Así que luchar por las mujeres es una forma también de propiciar una vida mejor para todos. El feminismo debería servir para mucho más que para culpabilizar a los hombres o fomentar el odio y el resentimiento en las mujeres. Necesitamos con urgencia un nuevo contrato sexual, un nuevo modelo de relación fundado en la libertad y la igualdad total. El infierno de las mujeres, surgido del desprecio propagado por la cultura religiosa, solo tendrá fin cuando las diferencias entre sexos se resuelvan, como exigía Michel Onfray, en igualitarismo libertino. Gozar juntos del puro placer de existir.

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