Feliz 2018

MANUEL VILAS

Me levanto por la mañana y me voy a unas oficinas de la administración pública para hacer un pequeño trámite. Las oficinas están llenas de gente. Hay que coger número. Me toca el 82 y van por el 39. Me siento en la silla y me dedico a mirar la pantalla. Al cabo de quince minutos van por el número 42. Miro a la gente que mira la pantalla. Si tuviera una piedra, me gustaría lanzarla contra el televisor. ¿En qué gastamos el tiempo de nuestras vidas? Debería estar paseando y contemplando la naturaleza. A la hora van por el 58. Tengo que salir a poner más dinero en el parquímetro. Madrid es una sucesión infinita de parquímetros. Me quedo mirando mi coche. Qué viejo está el coche. Ojalá contamine todo lo que pueda. Es mi única forma de vengarme contra todo. Contra todo siempre. Contamina, chaval, le digo al coche, ya que a mí me contaminan las administraciones públicas españolas. Desisto. Me largo. Paso del trámite. Me subo a mi coche y acelero, y acelero, y acelero. Me voy adonde sea. Me voy a cambiar mi ordenador portátil. Se me rompió el que tenía y tuve que comprarme uno nuevo. Pagué un ordenador con un procesador i7, pero me dieron por error un i5. Me di cuenta tarde. Voy a la tienda. Protesto. Me miran como diciendo «y a mí qué». Todo es un gigantesco «y a mí qué». He perdido la mañana esperando la llegada del número 82. Pierdo la tarde esperando la llegada de un i7. Lo más gracioso es que seguro que entre un i5 y un i7 no existe diferencia alguna. Seguro que todo es mentira. Me dicen que tengo que esperar. Espero. Me dicen que va para largo. Me marcho. Vuelvo a mi coche. Voy al parking donde lo he dejado. La plaza es minúscula pero el precio por una hora y media es mayúsculo. Para colmo, mi rinitis alérgica se ha incrementado y no tengo pañuelo. Me moco con los dedos y lanzo el moco a la oscuridad del parking. Me monto en el coche y acelero y acelero y acelero. Mi venganza contra la hostilidad global del mundo consiste en vertidos individuales de dióxido de carbono. Lleno el parking de dióxido de carbono. Es una venganza que está a la altura de cualquiera. Veo que aún quedan tickets del parquímetro en el salpicadero. Abro la ventanilla y los arrojo a la vía pública, para que manchen el mundo. Si el mundo me mancha, yo lo mancho. Al instante me arrepiento. Detengo el coche en mitad de una calle y me pongo a buscar los tickets del parquímetro. Doy con ellos. Ahora necesito una papelera. No hay ninguna. Un tipo está pitando detrás de mi coche. Y yo buscando una papelera. Ya son dos tipos, montados en sus coches nuevos, los que pitan a mi coche viejo, con la puerta abierta de par en par. Les miro y les grito «Feliz 2018» y me meto en la boca y me trago los tickets del parquímetro en señal de alegría y fraternidad universal.

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