Felicidades y gracias

José Miguel Aguilar
JOSÉ MIGUEL AGUILAR

Hay sonidos de la Navidad que traspasan la edad y navegan por nuestra vida entre deseos irreprimibles. De niños esa música tiene el aroma inconfundible de la familia, del calor del hogar, de la seguridad que transmiten los tuyos, y cuando eres mayor torna en esa melancolía perdida que jamás volverá, pero que nunca se olvida. Esta mañana el clásico soniquete de los niños de San Ildefonso invadirá todos los rincones de España y ofrecerá numerosos recuerdos personales según la etapa vivida, aunque es la época de estudiante la que deja una huella indeleble, pues marcaba el regreso a casa si entonces, no como ahora, la Universidad -labrarte un futuro se decía-, se encontraba a cientos de kilómetros, en un viaje lleno de nostalgia, ligado ineludiblemente a esa estrofa del turrón cuya melodía con solo escucharla derrama lágrimas al recordar los reencuentros más pasionales del año. Imposible abstraerse a esa sensación agridulce. Aún hoy representa un pasado tan tierno como irrecuperable. Cuando te faltan seres queridos esa canción llega incluso a ser un tormento que persigue esos sueños que se desvanecen entre llantos. Y siempre vuelve a tu mente en estas fechas tan entrañables.

La lotería de Navidad es un clásico de nuestras vidas más allá de los premios (le suerte le sonríe a muy poca gente de la que juega, obviamente). A todos nos gustaría que nos tocase, pero el 22 de diciembre representa mucho más que el dinero, mucho más que esos pensamientos que vuelan con el Gordo -¡cuántos boquetes que tapar, a cuanta gente a la que ayudar!- mientras aún rueda por el bombo el número que será el agraciado. Es un día de ilusión.

Luego, al filo del mediodía, la vida sigue su rutina, y te complace la alegría ajena de esas personas que abren alborozadas botellas con estruendo entre tanta felicidad compartida. Inmediatamente después, cuando te vas de vacío, piensas que lo más importante es la salud, que no hay premio que consuele cuando te falta. Y rememoras experiencias añejas, te acuerdas de amigos fallecidos, de personas que lo están pasando mal por uno u otro motivo, y se te viene a la cabeza esa magnífica frase: el hoy es un regalo y por eso se le llama presente. Vivámoslo lo mejor que sepamos porque no sabemos lo que nos deparará el futuro. Feliz Navidad a todos, especialmente a los lectores de SUR que nos acompañan cada día. Nos reconforta saber que siempre están ahí. Gracias.

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