UNA DE FANTASMAS

A VECES, EL FANTASMEO NO DEPENDE TANTO DE QUIEN LO EJERCE COMO DE QUIEN SE LO CREE. Y CRÉDULOS ABUNDAN EN TODAS PARTES, SIEMPRE QUE SE LES OFREZCA LA OPORTUNA ZANAHORIA A LA QUE HAY QUE MORDER

JOSÉ MANUEL BERMUDO

EL fantasmeo es un movimiento frecuente entre quienes quieren aparentar algo distinto a a lo que realmente son. Esos seres jactanciosos de su personalidad que pretenden transmitir una imagen distinta a lo que realmente tienen, con el argumento de que los demás no se enterarán porque no llegan a su nivel de inteligencia, esos son fantasmas, tal como hoy lo entendemos. En el fondo no deja de ser un absoluto autoengaño, aunque ellos, los que se las dan de fantasmas, no suelen saberlo en la mayoría de las ocasiones. Pero están convencidos de que su estrategia colará.

A veces, el fantasmeo no depende tanto de quien lo ejerce como de quien se lo cree. Y crédulos abundan en todas partes, siempre que se les ofrezca la oportuna zanahoria a la que hay que morder.

Fantasmas sin cadenas y sábanas blancas o enseangrentadas que aparecen como visión en medio de la noche, fantasmas que dicen que susurran voces entre las paredes de un castillo, o aquellas voces que persiguen en instalaciones destartaladas algunos programas de televisión que ponen de fondo una música tétrica y pocos argumentos de fondo. ¡Ay!, cuantos fantasmas a los que queremos encontrar y nunca vemos, aunque mantengamos el halo del misterio, aunque solamente sea por mantener la audiencia con el seguimiento de un público ávido de traspasar la frontera del misterio.

Pero, siendo claro, no hay que irse muy lejos para encontrarlos, ni emplear maquinaria sofisticada que detecta radiaciones o halos de luz invisibles para la mayoría de los mortales. Los fantasmas de nuestra sociedad están a nuestro lado, en la acera de enfrente, junto a nuestras actividades diarias y, a veces, en el «candelabro» de la actualidad, seguros de que su impenetrabilidad física y sus condiciones psicológicas se impondrán al resto de los mortales -¡pobrecitos! enviando cuatro mensajes que ni ellos mismos se creen, pero que alguien acogerá como suyos.

Podríamos poner aquí muchos ejemplos de estos seres atrevidos que nunca se consideran culpables de nada y que, además, buscan un posición de victimismo para ser arropados por los ingénuos sguidores que no ven más allá de lo que se les dice. Sí, muchos se dejan seducir por los fantasmas. En Marbella, ciudad cosmopolita y turística donde las haya, no vamos a terminar de escarmentar nunca con aquellos vendedores de humo que insisten en sus enmascarados mensajes para conseguir sus propósitos.

Ahí tenemos, por ejemplo, a Carlos Fernández, que no ha tenido ningún pudor en comentar recientemente en los medios de comunicación su vida de los últimos años. Seguramente hizo lo que muchos en su lugar hubieran hecho: huir y descolgarse de una actuación policial y judicial que probablemente terminaría con sus huesos en la cárcel. Pero ahora que ha sido descubierto intenta transmitir una sensación de seguridad y firmeza que puede que no le sirva de nada en un futuro cercano. De todas formas, no deja de llamar la atención que declare su absoluta confianza en el porvenir y eleve la cabeza como si hubiese sido apoyado por miles de electores que nunca tuvo. Vamos, que diga que pudo llegar a ser alcalde en Marbella, después de tanto escondrijo, es para manifestarle el más sincero rechazo a esas románticas ilusiones que nunca llegaron

Mira Carlos, no vendas la moto a imitación del encantador de serpientes que un día fue tu jefe. Sí, tu jefe, el que con su oronda figura te tuvo atado durante un tiempo. Después fue otra cosa y los proyectos cambiaron. Pero, hombre, no vengas de salvador para conseguir tus propósitos y, de paso, quedar limpio de toda culpa. En los diez años que has estado oculto no te has acordado de nadie y ahora ya tienes cerca de tí otra vez a una población que se acuerda mejor que tú de lo que pasó. Carlos, por favor, que en estos diez años han cambiado mucho las cosas, hasta el punto de que mucha gente no quiere saber nada de concejales salpicados por faltas a la justicia. Carlos, que eres el último fantasma. Hala, a deambular por los programas basura, pero no nos tomes el pelo, hombre. Igual te encuentras con Puigdemont. ¡Qué cosas!

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