De fanatismo en fanatismo

JOSÉ MARÍA ROMERA

Todos hemos tratado alguna vez con un exfumador militante. Uno de esos que de inhalar a diario el humo de cincuenta pitillos ha pasado a detestar el tabaco, en un salto a la abstinencia del que se siente obligado a hablar a cuantos se cruzan en su camino. No le mueve solo la jactancia de quien ha obtenido la más laboriosa de las victorias: la que se alcanza sobre los propios impulsos. Su prédica es la del convencido de estar en el buen camino, la del propagandista de los estilos de vida saludables, la del fanático poseedor de la verdad y con ella de la misión de difundirlo a los cuatro vientos para evangelizar a los infieles. La habilidad que antes ponía en buscar excusas con las que justificar su mal hábito la redobla ahora para dar con argumentos a favor de las prohibiciones legales y las sanciones al fumador. Donde cabría esperar que se mostrase comprensivo con quienes persisten en el error, lo vemos atacado de una singular furia perseguidora, blandiendo un inmisericorde flagelo en nombre de la causa.

Así les pasa a los conversos. Pocos son los que a lo largo de su vida no cambian de gustos, de aficiones o de credo, y ay de quienes renuncien a hacerlo en nombre de una dudosa lealtad a la costumbre o de un demasiado rígido sentido de la coherencia. Cambiar es seguir vivo. Como recordaba hace poco Javier Cercas, nuestra historia reciente debe mucho a la transformación experimentada por supuestos «traidores» que supieron renovar su pensamiento resistiéndose a las presiones de sus correligionarios. Pero entre el cambio natural, fruto de la reflexión o si se quiere de la conveniencia, y el giro brusco a posiciones diametralmente opuestas va un cierto trecho cuya constatación puede poner nervioso a quien lo ha recorrido. Tal vez es para protegerse de ese vértigo por lo que el converso no se limita a cambiar, sino que tiende a hacerlo enérgica y radicalmente. Ya que abandonamos una idea, hagámoslo hasta sus últimas consecuencias, parece decirse. Explica Kahneman en 'Pensar rápido, pensar despacio' que en la mayoría de nuestras decisiones el factor emocional precede al racional. Es decir, que primero actuamos instintivamente y luego encomendamos a la razón la elaboración de argumentos legitimadores. Podría ser que, ante el miedo a habernos equivocado, pensemos que de perdidos al río y que, ya puestos, por qué no dejarse de medias tintas y nos situemos en el extremo; que es donde, al fin y al cabo, tienden a acantonarse la seguridad, el calorcito y la falta de complicaciones.

Si el converso tiende a ser más papista que el papa es debido, pues, a una necesidad de autoafirmación. Pero asimismo a la búsqueda de una amnesia que haga menos dolorosa la ruptura de los lazos que le atan a su pasado. Yo soy otro, se dice, y para convencerme de ello actuaré justamente al revés de como lo hacía antes, para que así nadie me pida responsabilidades por mi identidad pretérita. Qué mayor prueba, entonces, de la irreversibilidad de la apostasía que esa actitud intransigente con la que el converso juzga a quienes piensan como pensaba él. Cuando las formaciones políticas o los grupos de influencia se hacen con los servicios de alguien escapado de las filas enemigas saben bien que no es un fichaje cualquiera. Trae consigo un plus de energía y de capacidad persuasiva derivado de su conocimiento del territorio abandonado. De ahí la cotización que alcanza el tránsfuga exhibido en las listas electorales como demostración definitiva del acierto propio y del error ajeno.

Pero no todos son brazos abiertos, y el converso lo sabe. Por eso necesita hacer ver constantemente, ante los otros y ante sí mismo, la limpieza de su transformación. No basta con hacer profesión de fe y besar la nueva bandera. Es preciso también declarar el repudio de lo que uno fue, en una autocrítica que no acaba de saberse muy bien si es la expresión de la conciencia arrepentida o una especie de conjuro para evitar el retorno a las antiguas posturas. Toda conversión lleva consigo una sobreactuación en el empeño de borrar las huellas del pasado, paralela al ansia de hacer méritos para ser admitido en la nueva formación, comunidad o cofradía. Así se explica que no pocos de los terroristas abertzales más sanguinarios provinieran de familias inmigrantes, que entre los más furibundos anticlericales destaquen los salidos de seminarios y conventos o que el haber sufrido en otro tiempo los rigores de la emigración no sea óbice para que un nuevo rico desprecie a los inmigrantes a los que explota con despiadada xenofobia.

Se dice que uno puede cambiar de ideas, pero no de carácter. Cuando el converso se desprende de su carga ideológica y pasa de la derecha a la izquierda o viceversa es probable que no tenga mucha dificultad para cambiar de posición en el tablero, pero lo que ya resulta más difícil es que se libere de la intransigencia, la cerrazón y el fanatismo. Basta con fijarse en algunos conversos de la última hornada para comprobarlo.

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