La falsa hija de Dalí

La exhumación de Dalí se podría haber aprovechado para cumplir su sueño de ser enterrado junto a Gala

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

La historia del arte siempre ha estado plagada de sucesos a menudo fascinantes relacionados con las falsificaciones, pero pocas veces se ha visto mancillada con una de tintes tan grotescos como esta. La demanda de paternidad a Salvador Dalí ha plegado el surrealismo por vía judicial para prestarnos una novela televisada y por entregas cuyo culmen escénico se produjo un día de julio con la exhumación del cadáver de Salvador Dalí: el mayor circo surrealista del último verano.

Desde luego que hay que ir escaso de vergüenza, bien de tiempo libre y con la disposición de unas posaderas morales lo suficientemente anchas como para que una mañana se te ocurra montar un pollo judicial sólo para demostrar que lo que le has estado toda la vida contando a tus amigas era cierta, que eras hija de Salvador Dalí. A falta de otras evidencias, la única prueba que ha aportado esta ciudadana, oriunda de Figueras, para emprender tal procedimiento ha sido el testimonio de una tercera persona, que vaya usted a saber quién era y que ni siquiera se presentó al juicio, sino que testificó mediante un acta notarial que la demandante tenía en un cajón, de la misma manera que Monica Lewinski guardaba por si acaso aquel pañuelo usado de Bill Clinton. Ante semejante inconsistencia del relato daliniano, uno se pregunta si el testimonio de cualquiera que pase por ahí es suficiente para exhumar un cadáver y amputar sus extremidades, es decir, para molestar el eterno descanso de los muertos, sea cual sea su condición de ciudadano corriente o de artista extraordinario. Claro que nadie le pone demandas de paternidad a la gente pobre.

Todo esto ya lo sabía Pilar Abel porque para embellecer aún más este asunto ella trabaja como pitonisa, una parapsicóloga sin estudios de la que dicen que se anunciaba en internet como 'Jasmine, vidente de nacimiento'. Pues ahora a Jasmine le va a salir caro el capricho, porque el juzgado, tal y como sospechaba todo el mundo, ha desestimado la demanda porque el informe de ADN no deja lugar a dudas: Pilar Abel no es hija de Dalí. Ni lo ha sido nunca. En la sentencia, el juez obliga a la pitonisa a pagar las costas, de unos 7.000 euros, y le perdona por ahora los gastos de esta exhumación improcedente, que la Fundación Dalí ya está presta a exigirle amén de alguna compensación patrimonial. Ella se ha apresurado a recordar que es insolvente («Tengo la justicia gratuita, ¿qué quieres que pague?») y que apelará para alargar así una sospechosa fama a medio camino entre el pop, el surrealismo y el esperpento. Una de las tristezas que nos deja esta historia es que no se haya aprovechado este desenterramiento para cumplir el sueño de Dalí, que mandó construir en su castillo de Púbol una cripta con dos tumbas, una de ellas ya ocupada por Gala, y que estaban conectadas para que pudieran descansar dándose la mano eternamente.

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