La falsa confusión

Antonio Garrido
ANTONIO GARRIDO

La confusión es sinónimo de mezcla, desconcierto, perplejidad, turbación de ánimo, desasosiego. Esta palabra se está empleando en todos los medios de comunicación para definir un estado de la sociedad en momentos complicados, procelosos, como los que estamos viviendo.

El lenguaje no verbal es, por definición, de una gran expresividad. La muchedumbre que rodeaba el Parque de la Ciudadela de Barcelona esperaba que el señor Puigdemont hiciera una solemne declaración de independencia, al modo en que lo hizo Companys en 1934. Los ojos estaban pendientes de las pantallas y cuando se pronunciaron las palabras mágicas el clamor fue inmenso; segundos después, las caras adquirieron un aspecto que mezclaba la ira, la tristeza y, por supuesto, la confusión.

Una confusión perfectamente calculada dentro de una estrategia de comunicación muy eficaz que se ha desarrollado durante años con la permisividad de los diferentes gobiernos que, a la vista de la legalidad vigente, necesitaban del apoyo de los que empezaron como catalanistas, siguieron como nacionalistas y han acabado, en lo que siempre han sido, independentistas. Durante mis años en Nueva York he sido testigo de la constante propaganda del gobierno catalán, del apoyo cultural, de cómo se mantenía el fuego sagrado de la diferencia, del pueblo oprimido. Todos los años, como era mi obligación estatutaria y también por mi afecto a Cataluña, se celebraban en el Instituto Cervantes actos de nivel y calidad incuestionada, muy bien planteados. La cultura, aunque no lo parezca para muchos, es una vía de penetración muy importante. La creación de una conciencia colectiva no se hace en un día.

La declaración, pese a las vueltas y revueltas del lenguaje independentista, es clara

Desde hace mucho existen dos usos del lenguaje que se han contrapuesto y lo interesante es que con las mismas palabras y hasta las mismas estructuras. Libertad, democracia, voluntad popular, ley, representación, parlamento, derechos fundamentales, todo un universo léxico empleados por constitucionalistas e independentistas. Son palabras con un significado que se aplica en función de los intereses de cada uno y, en este caso, es claro que la confusión es mayor, aumentada por los intereses de los diversos medios de comunicación. Y con una turbamulta de comentaristas, expertos en todo y sabios de poco, que arriman el ascua a su sardina y que amenazan con depararnos días de gloria.

En el marco solemne del Parlamento de Cataluña se celebró el pleno tan esperado. Permítaseme un inciso. Es siempre necesario contextualizar. El edificio es el antiguo arsenal de la fortaleza que mandó construir Felipe V, una vez que derrotó a los partidarios del pretendiente austriaco a la corona, para controlar desde la altura a la ciudad que no lo aceptó como monarca. Es obra del siglo XVIII, elegante y sendilla de líneas como corresponde a la arquitectura castrense. La fortaleza fue demolida y solo queda una capilla, lo que hoy es un instituto y este edificio.

El antiguo salón del trono, entonado en rojo, rico en mármoles y en arañas fue el ámbito del discurso. Voy a analizar el texto evitando toda confusión.

El punto de partida es la legalidad de la llamada Ley de Referéndum. Sin entrar en cuestiones legales esta norma impone que una vez celebrada la consulta si hay más votos afirmativos hay que proclamar la independencia. Este argumento fue desarrollado con la lógica del texto y Puigdemont afirmó: «Asumo, al presentarles los resultados del referéndum ante todos ustedes y ante nuestros ciudadanos, el mandato de que el pueblo de Cataluña se 'convierta' en un Estado independiente en forma de república».

La fórmula es solemne pero, cuidado, emplea el presente de subjuntivo, no dice «se convierte», en indicativo. Expresa deseo a futuro pero el marco temporal no anula la declaración. La república ha sido proclamada aunque la efectividad real se deja en la indefinición.

Empleando la seriedad de las fórmulas sigue: «Y con la misma solemnidad, el Govern y yo mismo proponemos que el Parlament suspenda los efectos de la declaración de independencia para que...». Habla de «efectos»; no de la causa. La declaración se ha producido y el texto, pese a las vueltas y revueltas del lenguaje independentista es claro. Cosa diferente que no me corresponde es la interpretación que se quiera dar en función de la clásica definición de la política como el arte de lo posible.

A continuación los setenta y dos diputados independentistas pasaron a un salón y firmaron una declaración absolutamente unívoca y de sentido inequívoco. No hay ninguna duda desde el punto de vista de uso del lenguaje, ahora vendrán los exégetas de ocasión para discutir como los antiguos bizantinos sobre el sexo de los ángeles.

La proclamación empieza con una llamada a Cataluña y a «todos los pueblos del mundo». El texto afirma: «Cataluña restaura hoy su plena soberanía perdida». Se ataca al Estado español y a la «brutal represión policial». Los firmantes: «CONSTITUIMOS la República catalana, como Estado independiente y soberano, de derecho democrático y social». Después de esta tajante afirmación se manifiesta la voluntad de abrir negociaciones con el Estado español, «en pie de igualdad». Quién no quiera verlo, pues nada.

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