Falló la prevención

DIEGO CARCEDO

Agotado el turno de elogios, muchos merecidos y otros diplomáticos, que políticos y fuerzas del orden están recibiendo por la forma en que se afrontó el después del atentado de Barcelona, quizás sea el momento de analizar con serenidad lo ocurrido para, más que exigir responsabilidades si las hubiera, extraer conclusiones imprescindibles para continuar afrontando la amenaza yihadista que desgraciadamente no va a terminar con la masacre de La Rambla.

La primera y fundamental conclusión es reiterativa, se trata de una amenaza global y para detenerla es más necesaria que nunca la colaboración de todos y de manera especial de la coordinación y cooperación de las diferentes fuerzas de seguridad, tanto las españoles entre sí como las españolas en su conjunto con las de otros países. Ningún cuerpo de policía, por eficaz que sea, puede resolver el problema del terrorismo islamista por sí solo y menos si su atención está más atenta a otras cuestiones.

El primer fallo en la prevención fue sin duda la negativa del Ayuntamiento con argumentos absurdos a poner bolardos u otro tipo de medios de protección en las calles y plazas más concurridas, como los expertos habían recomendado. Que los terroristas habían descubierto en la invasión mortal de camiones y camionetas de espacios destinados a los peatones era ya sobradamente conocido. Niza, Londres, Berlín... habían pasado ya por ese trance. A esto habría que añadir que Cataluña es la comunidad española con mayor presencia yihadista y Barcelona era una ciudad amenazada. Así lo advirtió hace algún tiempo la CIA, que al margen de su dudosa imagen pública, es una organización que de estas cosas sabe. Por eso, con estos antecedentes, causa cierta sorpresa que un grupo de jóvenes musulmanes, con unas edades y características bastante comunes a las de muchos de los terroristas ya detenidos en otros países, hayan estado un año preparando explosivos y organizando una operación tan compleja sin despertar sospechas ni sus comportamientos ser observados como la prudencia recomienda.

Los Mossos d'Esquadra parece que vigilaban discretamente algunas mezquitas. Apenas fue el caso de la de Ripoll, a pesar de que contaba con un imán con antecedentes, con una orden de expulsión que inexplicablemente no se había ejecutado, que desaparecía temporadas y hacía viajes prolongados a Bélgica donde ya es sabido que se hallaban las células más activas del Daesh.

Todos los fieles coinciden en que el aspecto y la amabilidad del imán Abdelbaki Es Satty no despertaban sospechas, pero esto tampoco es nuevo. Para ser terrorista esta demostrado que no hace falta tener determinadas facciones. Durante un año los integrantes de la célula preparaban explosivos en una casa bien visible, celebraban reuniones en una furgoneta y sus miembros evitaban conocerse y saludarse por la calle. El secretismo lo tenían bien ensayado pero la prevención no estuvo muy fina.

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