De te fabula narratur

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Hay elogios que deberían poner en guardia a quien los recibe. Es verdad que hay que tener cierta madurez para renunciar a la satisfacción de ver cómo se nos reconocen cualidades que ni nosotros mismos sospechábamos tener. Además, cuesta desconfiar de alguien tan inteligente como para haber visto en nosotros tan grandes virtudes. Las personas comunes y corrientes pensamos que estamos vacunadas contra el elogio inmerecido y manipulador. Nos decimos: ¿qué van a querer de nosotros los cortesanos que nos adulan, si no tenemos nada que les interese? Y por esa puerta abrimos nuestra confianza a quienes alaban en nosotros cualidades y virtudes que, hasta ahora, nuestra propia madre desconocía. Y es verdad que las personas comunes y corrientes, tomadas de una en una, no tenemos el poder o la riqueza que justificarían las atenciones de los cortesanos, pero colectivamente, en una democracia, tomados como pueblo, sí tenemos un gran poder.

Por eso, cuando ciertas personas le atribuyen al pueblo cualidades divinas, no están haciendo nada distinto de cuando se le atribuyen cualidades divinas a un líder, es decir, lo están intoxicando hasta la locura. En esta última epidemia de populismo que azota a nuestras democracias avanzadas, los populistas han convencido a los pueblos de que, además del poder, tienen la virtud y la razón en grado sumo, de modo que, sin la mediación ni la deliberación propias de la política, el pueblo debe tomar las riendas de los asuntos públicos de manera absoluta e inmediata: el pueblo debe decidir. Y debe decidir rápido.

Eso fue lo que le dijeron a los británicos con el 'Brexit', y no solo los populistas como Farage, sino políticos tan conservadores como Cameron. Políticos, que, en su debilidad, en su maldad, o en su estulticia, abdicaron en el pueblo las decisiones que deberían haber tomado ellos. Todo parecía sencillo y evidente: serán los británicos -dijeron- quienes decidan si se quedan o no en la Unión Europea. Lo cierto es que aquella no ha resultado ser una decisión tan evidente, y la prueba de que no lo era es que el electorado se dividió en partes prácticamente iguales.

Tampoco resultó ser una decisión sencilla sobre una cuestión clara. Conforme pasan los meses, constatamos que el Gobierno de Theresa May no consigue ponerse de acuerdo con la Unión Europea sobre cómo se concreta el 'Brexit', ¿qué fue lo que decidieron los británicos en su referéndum respecto a la factura económica del divorcio con la UE, o respecto a sus derechos en los demás países de la UE y al contrario, o respecto a la frontera con Irlanda? ¿No es todo eso lo que debería decidir el pueblo? Quizá, el pueblo británico, antes de aceptar tomar una decisión en barbecho, debió exigir a sus representantes que le ofrecieran un acuerdo detallado de ruptura con la UE. Sobre ese acuerdo es sobre lo que debería haberse pronunciado el pueblo, pero en lugar de ofrecer a su pueblo votar un acuerdo, acordaron ofrecerle una votación, sin que ahora nadie sepa muy bien qué votaron exactamente. «¿Quid Rides? Mutato nomine, de te fabula narratur.»

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