Fabricantes de miedos

JOSÉ MARÍA ROMERA

Durante varias semanas el grueso de los noticiarios televisivos y de las primeras planas de los periódicos se ha nutrido de atrocidades. Los crímenes más escalofriantes se han ido sucediendo ante nuestros ojos como en una incesante película de horror, que en nada envidiaría a lo mejor del cine de género si no fuera porque remitía a sucesos reales. Había ocurrido y era preciso contarlo, ciertamente. Pero la insistente reiteración en el detalle, la redundancia narrativa, el énfasis absorbente con el que las pantallas reclamaban la atención del espectador obligan a pensar que nos encontrábamos ante algo más que un producto informativo orientado a servir al ciudadano. Es probable que esta inclinación monográfica respondiera al fatal sesgo hacia la espectacularidad de unos medios cada vez más tendentes a tratar la información como mercancía para el entretenimiento. El espanto divierte, aunque nos repugne admitirlo. Y la audiencia demanda carnaza en dosis crecientes, siempre y cuando le venga servida con la coartada moral de la compasión, la pedagogía o la sed de justicia.

La ceremonia emocional no se ha oficiado solo en los canales mediáticos. En el festival del sensacionalismo también la política ha jugado sus bazas, a sabiendas de que el miedo es la emoción más fácil de manipular y la que proporciona dividendos más seguros. A la forma más directa de terror, la ejercida por el tirano que como Calígula se guía por el principio de «que me odien, con tal de que me teman» suele añadirse el miedo provocado por agentes externos a quienes se atribuye toda clase de males, males que el poder promete alejar de nosotros si nos ponemos de su lado. Unas veces tememos a quien nos domina y otras nos dejamos dominar de buen por grado por aquel que nos ofrece seguridad frente a quienes nos causan temor. Pero el principal uso político del miedo en las sociedades modernas se produce a partir de descripciones sombrías de la realidad que crean en las personas un estado de alerta y de sospecha, de inquietud y de susto continuado, a partir del cual es fácil atraerlas hacia nuestros postulados. Para ello hace falta describir previamente el paisaje como un territorio habitado por la amenaza, no importa cuál sea su origen. Lo que cuenta es la impresión de que el mal acecha a la vuelta de la esquina, de que nadie está libre de peligro y de que en el momento menos pensado cualquiera de nosotros puede sufrir el daño. Interesa mantener a las poblaciones inmersas en un clima de miedo porque la sola sensación de estar bajo amenaza empuja buscar los reductos que se nos ofrecen más seguros, aunque no haya prueba de que lo sean. Por eso el relato del crimen no concluye con la detención del culpable, sino que se prolonga en los estados de ansiedad, incertidumbre y desvalimiento de quienes piensan que los próximos pueden ser ellos.

Somos nuestros miedos. Los miedos nos describen y determinan en gran medida nuestra identidad y las relaciones que mantenemos con los otros y con el mundo circundante. El miedo, como emoción adaptativa que es, resulta de gran utilidad cuando nos proporciona recursos defensivos frente a aquello que puede dañar nuestra integridad o acabar con nuestra vida. Pero, como se ha dicho hasta la saciedad, el miedo también paraliza. Y, sobre todo, desenfoca. Convierte la desconfianza en un estilo de pensamiento, en un punto de vista crónico, en una contraproducente herramienta de observación de la realidad y en una muy poco recomendable guía para la toma de decisiones. En toda una ideología, en suma. De poco sirve que las estadísticas nos sitúen entre los países con más bajas tasas de criminalidad; cuando la ideología del miedo se impone, los datos verificados deben retirarse para dejar paso a los impulsos de la emoción, a las reacciones sobreexcitadas y a las medidas propuestas en caliente. Estas cuentan con un argumento de apariencia moral difícil de rebatir: vienen avaladas por unas víctimas que no solo están cargadas de razón por el hecho de estar sufriendo, sino que se ofrecen generosamente a evitar que otros corran la misma suerte que ellas.

LA CITAPhilip Roth «Cuanto menos miedo haya, mejor. El miedo nos hace cobardes. El miedo nos degrada»

En este punto el político, a quien correspondería rebajar la temperatura ambiental y apaciguar los comprensibles pero nocivos temores de la gente, corre sin embargo a avivarlos porque sabe que colocándose de ese lado ganará adeptos a su causa. Especialmente si propone restringir libertades, aplicar prohibiciones o incrementar condenas. Del miedo como arma de dominación política pasamos así al miedo como eficaz estrategia de control social gustosamente aprobada por aquellos a quienes controla. Hobbes explica en su 'Leviathan' que los temores son los principales aglutinantes de las colectividades, la pasión más poderosa para cimentar y consolidar las sociedades. Lo que no aclaraba el filósofo es a qué precio.

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