Extremos y equidistancias

JOSÉ MARÍA ROMERA

De todos los epítetos denigratorios que circulan en la conversación pública, ninguno tan efectivo como ‘equidistante’. Suele arrojarse contra quienes huyen de las acostumbradas polarizaciones ellos/nosotros, buenos/malos, víctimas/verdugos y buscan terceras vías para entender la realidad o para situarse en una posición intermedia respecto a ella. Su aparente moderación es interpretada como la actitud cobarde de quien sortea el compromiso, nada y guarda la ropa, pone una vela a dios y otra al diablo, en fin: escurre el bulto. Y a veces es cierto. El relativismo interesado siempre encuentra escapatorias por las que deslizarse para justificar sus vacilaciones amparándose en la complejidad de un mundo en el que las cosas no siempre son lo que parecen. Complacer a todos sin enemistarse con nadie sigue siendo, por otra parte, una tendencia común que se acrecienta en estos tiempos de demagogia donde la popularidad es el bien más preciado.

Pero si el tachado de equidistante perturba no es por su tibieza, sino por el riesgo que entraña para los extremos. Cuando las sociedades se fanatizan y el debate sobre un asunto cualquiera ha radicalizado las posturas, la presencia del discrepante supone una amenaza para los esquemas de «o conmigo o contra mí» que sostienen la disputa. Y, en consecuencia, debilita unas perspectivas excluyentes que para mantenerse firmes precisan aliados incondicionales y enemigos a ultranza, nunca puntos de vista alternativos. Que te den la razón en unas cosas pero te la nieguen en otras produce más incomodidad que recibir una encarnizada enmienda a la totalidad.

Cómo hemos podido llegar a un punto en que la equidistancia –sinónimo de equilibrio, imparcialidad, ponderación y recto juicio– se haya convertido en estigma daría para una larga reflexión. En la medida que los debates acogen cada vez a más gente en una espiral vertiginosa donde se suceden unos a otros, poniendo a prueba los reflejos morales de los contendientes, ganan las dinámicas polarizadas. No hay tiempo para detenerse a meditar con sosiego. Las circunstancias exigen respuestas prontas que compensen con la vehemencia su falta de calidad. El cerebro humano, dado al pensamiento dicotómico, establece rápidamente quiénes son los buenos –los nuestros– y los malos –ellos–, aunque para hacerlo haya tenido que saltar los límites de la razón. Fuera de estas dos categorías todo es sospechoso. Cuando surge alguien que pone en evidencia el sesgo de confirmación –la propensión a buscar pruebas que refuercen nuestras hipótesis– o alerta sobre la polarización de las actitudes –según la cual la aportación de razones contrarias, por convincentes que sean, aleja las posturas en lugar de aproximarlas– urge neutralizarlo. Porque el equidistante suele ser aquel que creíamos de los nuestros y nos sale rana. Es el que forma parte de nuestra trinchera pero de repente abre un flanco débil en vez de fortalecerla. Un caballo de Troya que se sale de la ortodoxia creada por los teólogos de la tribu, por quienes toman las riendas del discurso colectivo o por quienes custodian el orden establecido.

«Lo peor del fanático es su sinceridad» La cita. oscar wilde

La acusación de equidistante se sustenta en la premisa de que las opiniones son unidimensionales y solo cabe interpretarlas en una línea continua en la que ni siquiera se aprecia la posibilidad de una variada gama de puntos entre los dos extremos. Quien no se sitúa en ninguno de ellos (incluso aunque se aproxime más a uno que otro) automáticamente es desplazado al punto medio. Pero no al punto medio de la ‘virtus’, como apreciaban los clásicos, sino al de la reputación dudosa. De esto trata, entre otras cosas, el último libro –aún sin traducción al español– de Cass R. Sunstein, ‘#Republic’ (Princeton University Press, 2017), subtitulado ‘La democracia dividida en los medios de comunicación sociales’. Sunstein, quien anticipándose a la moda de la posverdad ya había indagado a fondo en los mecanismos del bulo en ‘Rumorología’ (Debate, 2010), explica cómo las redes sociales y, a su estela, los medios de comunicación han llevado a su máxima expresión los mecanismos de polarización del pensamiento y de persecución del contrario. Como la acusación de equidistancia contiene una fuerte carga intimidatoria que a menudo obliga a invertir más energía en aclarar la propia posición que en defenderla, el acusado acaba optando por una de las dos salidas que se le ofrecen: o inclinarse hacia uno de los extremos, o sustraerse directamente del debate.

Llegados a este punto a nadie importa que la realidad se extienda de forma multidimensional, en un espacio donde la equidistancia es geométricamente improbable salvo para las mentes polarizadas. Lo que importa en la actual ciberpolarización, explica Sunstein, es que quede a salvo la cohesión de cada grupo extremo a base de manejar un número limitado de argumentos, satisfacer la autoestima individual de sus miembros y mantener en circulación ideas afines y redundantes destinadas no a la búsqueda de la verdad sino a fortalecer la identidad grupal. ¿El debate democrático? Bien, por algún lugar debe de andar oculto a la espera de tiempos mejores, quizá protegido por los equidistantes.

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