Experimento

JOSÉ MARÍA ROMERA

Con la que está cayendo, desviar la mirada hacia un subproducto de la basura televisiva puede parecer frívolo. Pero si ese programa lleva dieciocho años en antena y además se ha erigido como modelo de ciertos usos del entretenimiento, quizá no esté de más dedicarle unas líneas de vez en cuando. Sobre todo si corren rumores sobre su desaparición. Me refiero, claro, a 'Gran Hermano'. Como a veces nuestros deseos van por delante de la realidad, uno creyó haber oído que los productores lo habían sentenciado a muerte y con tan fausto motivo tenía pensado escribirle un sentido obituario. Pero luego, yendo a las fuentes, he sabido no sin desolación que sigue vivo, si bien dando señales de grave enfermedad que apuntan a su posible salida de la parrilla. Tampoco es tan mala noticia: cualquier retroceso de la estupidez merece la oportuna celebración.

Cuando el engendro llegó a la décima temporada, el crítico José Javier Esparza le dedicó un artículo memorable donde, tras tacharlo de «lo más bajo, vulgar y memo» de la España de nuestro tiempo, se preguntaba si los españoles merecíamos tales castigos. Se ve que sí, porque el tormento ha durado ocho ediciones más. En lo que erraba Esparza era en considerarlo un producto típicamente nacional. A poco que uno viaje y practique el zapping en el hotel puede comprobar que esas escenas de botellón doméstico, esos encuentros de ninis de ambos sexos, esas apoteosis de la incultura en grupo y del parasitismo juvenil han cundido en todos los rincones del mundo. Un poderoso argumento a favor de las tesis sobre la cercanía entre humanos y primates. En los primeros tiempos, cuando el espectador medio aún tenía menos desgastados sus sensores de calidad, los creadores del reality se justificaron sosteniendo que no se trataba de un mero programa de entretenimiento destinado a complacer el morbo la audiencia más primaria. Era ante todo, dijeron, un «experimento sociológico».

Da miedo imaginar las conclusiones después de dieciocho años en antena. Mejor no saberlas. Pero uno teme que si 'Gran Hermano' languidece no es debido a ningún progreso en la sensibilidad de los espectadores, ni al sentido del pudor de los programadores, ni a un giro brusco en las tendencias televisivas de la época en busca de nuevos horizontes de calidad, de respeto o de buen gusto. Antes al contrario, lo más probable es que se deba a que la pantalla ha dado unas cuantas vueltas de tuerca en su aproximación a la majadería. Y que lo que en su momento supuso un arriesgado desafío a la dignidad del medio se ha quedado al cabo del tiempo en una aburrida travesura de colegiales, superada con creces por otros espacios de éxito mucho más hediondos. Alguno de los cuales, dicho sea de paso, ha encontrado cobijo en las televisiones públicas. Sí, esas que ustedes y yo sostenemos con nuestros impuestos.

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