Voltaje

Exilio belga

Encontrarse con Carles Puigdemont se ha convertido en una atracción turística de las calles de Bruselas

Txema Martín
TXEMA MARTÍN

En Bruselas hay cerveza, gofres, Atomium, patatas fritas, Tintín, Magritte, pintura flamenca y mejillones. A todos estos atractivos que se reparten en otras ciudades preciosas como Brujas o Gante se ha sumado un nuevo motivo para el llamamiento de visitantes españoles. Encontrarse por las calles de Bruselas con Carles Puigdemont se ha convertido en una atracción turística para los españoles que visitan este país y que por cierto son una auténtica legión. Al final lo han puesto de moda, tanto que en Bruselas hay ahora mismo una cantidad de españoles que podría ser suficiente para invadir todo el país. Durante nuestra visita a estos lugares en donde el flamenco es otra cosa hemos vuelto con la tristeza de no habernos encontrado a Puigde ni tampoco a sus exconsejeros, ni a ninguna Meritxell. Pero bueno, en el fondo es mucho mejor así. Yo desde luego no les habría dicho nada. Aquellas imágenes de Puigde siendo asediado por un armario con una bandera española no fueron demasiado complacientes. Viendo el disparatado número de españoles que están en estos momentos visitando Bélgica cuesta creer que el expresident o president en el exilio pueda dar un paso por la calle sin llamar la atención de los viandantes. Al final ver independentistas en Bruselas se ha convertido en aquello que se decía de Madrid. Si no te encontrabas a algún famoso, era como si no hubieras ido.

A la tumultuosa historia de Bélgica se ha unido ahora una función inesperada como territorio de asilo político del independentismo catalán. Debido a su personalidad política y de su situación en general, se trata de exilio de lujo y bien comunicado con otros tantos países del viejo continente, un lugar además bien abrigado por lobistas y parlamentarios y que compite con otro destino muy señalado últimamente por estos huidos de la justicia española. Suiza ha sido otro de los destinos más pujantes de estos viajeros accidentales que demuestran el amor a su patria mediante una lastimosa y urgente huida hacia otro lugar. Allí, en Ginebra, una de las principales ciudades de uno de los países más caros y ricos de Europa, sigue disfrutando de la vida Anna Gabriel después de haber descartado Cuba y Venezuela, y de haberse sometido a uno de los cambios de estilo más radicales que se recuerdan en política autonómica con intención de hacerse ver un poquito más pija, tanto que ahora la ves y parece increíble que sea la misma persona que iba siempre con camiseta y pelo borroka oliéndose sus propias axilas en el Parlamento catalán. Pese a que aquellos que se arreglan para salir de casa demuestran buena educación y una preocupación por la imagen colectiva natural, lo cierto es que a uno le gustaría que esas mismas maneras también hubieran sido mostradas aquí en el interior de nuestras fronteras. Estoy escribiendo desde un aeropuerto y se han sentado delante dos independentistas de camiseta con eslogan. Menos mal. Ya podemos decir que hemos estado en Bruselas.

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