Un excitante cotilleo

Relaciones humanas

JOSÉ MARÍA ROMERA

Nos disgusta el hábito social del cotilleo porque nos retrata como los aldeanos que fuimos, unos seres repelentes a medio camino entre el espía y el mirón, entre el inquisidor y el puritano, entre el desocupado y el carente de vida interior propia que en compensación necesita husmear en las vidas ajenas. Y sobre todo porque no nos agrada saber que otros nos están despellejando a nuestras espaldas. Por esa misma razón detestamos el chismorreo elevado a la categoría de espectáculo público en 'talk-shows' y 'realities' que acaparan la parrilla televisiva y en revistas dedicadas monográficamente a los asuntos del corazón y otros órganos. Pero hay a quienes les fascina. O más exactamente: aunque nos cueste admitirlo todos estamos, en mayor o menor medida, inclinados al cotilleo: a practicarlo abiertamente o a hacerlo de manera encubierta, por medio de fórmulas comunicativas más prestigiadas -desde la tertulia política hasta la reunión de trabajo- donde no es raro ver cómo la atención acaba desviándose al siempre apasionante tema de las relaciones personales de este o aquel.

Probablemente está en la condición humana, como aseguran los psicólogos evolucionistas. No es posible, argumentan, que una práctica tan generalizada no tenga una razón de ser, que no esté ligada a esas regiones oscuras de nuestra naturaleza de las que nos avergonzamos pero a cuya compañía estamos condenados irremediablemente. Aunque nunca hay que subestimar la capacidad del bípedo implume para despilfarrar su tiempo dedicándolo a cosas inútiles (se calcula que más del 50 % de nuestras conversaciones gira en torno a informaciones privadas sobre los demás y a juicios sobre su conducta), quizá convenga preguntarse si el cotilleo no cumplirá alguna función más allá de la de proporcionar alguna suerte de gozo a quien se entromete en la vida privada de los demás. Al parecer la respuesta es afirmativa. En primer lugar, el cotilleo fomenta la curiosidad a la vez que la sacia. Podrá condenarse, y no sin razón, que una cualidad tan prestigiada intelectualmente se malbarate en minucias y se pervierta en bajezas, pero siempre cabe la esperanza de que el interés curioso del cotilla se oriente alguna vez a esferas más nobles del conocimiento. Visto así, el cotilleo vendría a ser una especie de adiestramiento de la atención para mantenerse viva a falta de otros estímulos superiores.

Es cierto que no pocos cotillas sucumben a esta ilusión de inteligencia que les lleva antes al lucimiento de mostrarse enterados y al cabo de la calle que a la prudencia de no hablar hasta no estar seguros de lo que dicen. El chisme no es tanto producto de la mala intención como del afán de contar y ser oído, y adquirir así una reputación de «persona informada» en el círculo de los íntimos. Pero también en este punto el mundo es de los audaces. ¿Que sería del chismorreo si únicamente versara sobre certezas, si no se adentrara valientemente en el delicado territorio de las conjeturas y, ya puestos, en el de las fantasías? Lo cual nos lleva a otra de sus funciones más apreciables: la de servir de cauce a la necesidad humana de contar. Estamos hechos de la materia de las fábulas. Somos «animales creadores de historias», como ha dicho Jonathan Gottschall. Los relatos nos acompañan desde la cuna y no únicamente para ensanchar nuestro mundo o proporcionarnos entretenimiento. Desde una perspectiva evolutiva, las narraciones operan en el cerebro a modo de grandes simuladores de experiencias que, al familiarizarnos con ciertas situaciones antes de que estas se nos presenten en la vida real, nos dotan de respuestas para enfrentarnos a ellas. En este sentido poco importa que sean hechos protagonizados por héroes o por villanos, por remotos entes de ficción o por seres de carne y hueso que tenemos cerca. Narrativamente apenas se perciben diferencias entre el chisme de patio de vecindad y la ficción cinematográfica o la novelesca. Sin embargo, tener información sobre la gente que nos rodea es más apremiante; responde a otra necesidad de la especie, la de saber con quién se juega uno los cuartos tanto en materia de tratos y alianzas como en la selección de pareja y de otras relaciones. Esta información no siempre se puede obtener en persona o en primera mano; entonces aparecen los rituales del cotilleo como un procedimiento para conseguirla.

Albert Einstein «Que cada cual se haga una idea fundada en su alma y su conciencia, y no según los chismes sobre los demás»

Pero la función principal del chismorreo apunta a la moral social. El círculo cotilla escruta en los comportamientos para señalar los desvíos de la norma imperante, para aplicar su evaluación moral negativa de aquellos que incumplen las reglas del grupo. De esa manera se refuerza el control de unos miembros sobre los otros, lo que a cambio de la pérdida de libertad individual favorece la cohesión del colectivo. El problema está en que para conseguirlo se viola la intimidad de los otros, se les atribuyen acciones no siempre ciertas, se da cauce a la envidia malintencionada y, en fin, se juega con el honor de la gente. Será muy estimulante, pero no parece la mejor manera de hacer sociedad.

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