Exámenes

FRANCISCO APAOLAZA

En la carrera me esforcé mucho, sobre todo en aprobar sin tocar un libro. Confieso que usé todas las estratagemas que tenía a mano para demostrar que podía funcionar la ley del mínimo esfuerzo. Recuerdo que un día acudí a una clase que no era obligatoria. Quedó en mí una sensación reconfortante. El resto del tiempo, navegué las aguas de la carrera arrastrando el ancla de la culpabilidad y el dejarlo todo para después. Se me pasaron hasta las fechas de los exámenes, de los trabajos, de las prácticas. Yo inventé la procrastinación.

El examen siempre tuvo algo de cadalso. Terminé una carrera por suerte y por una habilidad adquirida con los años para estudiar menos de lo imprescindible. En los días del infierno envidiaba a todos los que no fueran estudiantes. Por la calle imaginaba las vidas de los demás, de los camareros, los policías, las dependientas y los de las obras y me hubiera cambiado por los tipos que trabajaban echando asfalto en la carretera.

El estudiante no sabe nada de la vida. Después, en casa durante los días previos a los exámenes, acaso en la noche previa, la habitación se llenaba del olor torrefacto del cigarro encendido sobre la incandescencia de la lámpara halógena y el aroma del lápiz recién afilado, que es como entonces olía la angustia. Recorríamos las líneas del temario como zahoríes intentando averiguar qué es lo que iba a caer. No me favorecieron los profesores. Ojalá. Quizás a alguno le cayó simpático ese tipo que desaparecía desde el Domingo de Ramos al Lunes de Resaca y llegaba a la facultad moreno y ojeroso como un náufrago de la primavera.

Tampoco estoy orgulloso de haber sido un mal estudiante. No empollar es una de las tonterías sin sentido que he hecho en mi vida. La más grande fue fumar. En realidad, si me escribiera esto a mí mismo hace veinte años me diría que dejara el Lucky, que me sentara a estudiar, que basta ya de hacer el zascandil y de cantar canciones por las aceras de la ciudad de madrugada y que aprovechara la oportunidad que me estaba dando la vida. Pero si entonces me leyera esto a mí mismo, no me haría caso a mí mismo, claro.

Quizás ahora que no es estético copiar hubiera hecho las cosas de distinta manera. Lo mismo le sucede a Cifuentes.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos