Estrella

ANTONIO SOLER

La estrella llega al portal de Belén dos días después de que hubiera sobrevolado por el barrio de la Trinidad y el hogar vacío de Chiquito de la Calzada. Un día antes, la estelada se instaló de nuevo en el ánimo de todos los españoles. Esa pesadumbre, esa pesadilla en forma de bandera y populismo tribal que de nuevo se coloca en mitad de la carretera política. Contra Europa, contra la razón y contra el progreso. Ya tienen hoy los cuñados de España un asunto a resolver mientras pelan los langostinos. La Nochebuena es el reino del cuñadismo, la antropofagia familiar donde el pez grande se come al chico. Pastoreo de familias, transhumancias sentimentales, apuñalamiento silente entre cuñadas. Doma de yernos, la rapa das bestas en versión hogareña.

Por muchas de las calles trinitarias, reino del Cautivo, esta noche sólo atenderán al tintineo de la lotería. La Navidad ha cobrado forma y verdadero sentido en los afluentes de Mármoles. Miles de millones de las antiguas pesetas minimizados por la escueta sobriedad del euro pero amplificados por la alegría de aquellos a quienes ha ido a visitar la fortuna. En muchos de esos hogares la parentela dejará las corazas y las dagas en la puerta. Por una vez los yernos se introducirán con gusto en territorio enemigo y la fraternidad aflorará no gracias al portal de Belén sino a los niños de San Ildefonso.

Más allá de los límites que ha dejado ese polvo de estrella, en los sombríos territorios de la pedrea, no habrá piedad para con el débil. La guerra continúa. Si la prosperidad y la democracia erradicaron la penosa costumbre de sentar un pobre a la mesa, si la crisis económica le dio la vuelta a esa trayectoria sentando obligatoriamente en cada mesa a no se sabe cuántos pobres, ahora el mensaje consistiría en sentar un independentista a cada mesa. Un punching ball contra el que desahogar la frustración para que la paz reine entre las familias. Eso en el resto de España, no en Cataluña, porque si los cuñados de este lado del Ebro pueden tener roces a la hora de diagnosticar la situación y recetar las correspondientes soluciones, a aquel lado del río la disputa no se va a saldar con unos cuantos rasguños emocionales. El Procés o el Neoprocés son una úlcera que impedirá que algunas familias se sienten a cenar juntas. Habrá pactos de silencio, padres y suegros erigidos en jueces del tribunal supremo familiar para que reine la concordia o al menos un efímero armisticio. Los soberanistas han incumplido la máxima del buen gobernante. Unir y no dividir. Las elecciones de esta semana nos abocan a una noche de la marmota. Nos sitúan de nuevo ante el sonido del despertador de una jornada repetida hasta el infinito y cuyo cese dependerá en gran medida de cómo evolucione el hambre de poder de ese Carpanta inesperado conocido como Puigdemont. Alguien que en su día se confesó como hombre de circunstancias y que ahora se nos presenta como el nuevo mesías.

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