Estirpes

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Decía Taylor, uno de los teóricos de la racionalización y automatización de la producción industrial, que era capaz de hacer funcionar una cadena de montaje utilizando gorilas amaestrados. Por suerte para los gorilas, los empresarios capitalistas decidieron usar seres humanos para que actuaran como gorilas amaestrados, que siempre es más fácil que al revés. Por cierto, las mismas técnicas productivas que pusieron en marcha Ford y Taylor en la industria capitalista, debido a su pretendido carácter científico, fueron adoptadas con entusiasmo por la industria soviética.

Como es sabido, después de los años sesenta, los empresarios capitalistas se dieron cuenta, científicamente, de que enriquecer las tareas de los trabajadores, y permitirles usar su inteligencia humana, es más productivo que lobotomizarlos durante ocho horas al día para que hagan el trabajo de un gorila amaestrado.

Afortunadamente el avance de la ciencia ha hecho retroceder la fe en la ciencia, lo que ha beneficiado muy especialmente, aunque no solo, a los animales de laboratorio. Lo cierto es que, gracias a la ciencia, ahora sabemos algo más de los cerebros de los animales en general, y de los primates no humanos en particular. Es más, empezamos a tener sólidas pruebas científicas de que los animales tienen emociones que, como tales emociones, no son muy distintas de las nuestras. De modo que, en lugar de la tesis de la 'tabula rasa', como nos enseñaron en la facultad hace cuarenta años, la ciencia nos habla sólidamente de que, al nacer, nuestro cerebro está lejos de ser una página en blanco. Algunas de las cosas que nos hacen disfrutar, sufrir, o hasta indignarnos, tienen que ver con la programación que nuestros cerebros traen de fábrica, incluso antes de que fueran cerebros humanos.

Cada día hay más pruebas de que los primates no humanos tienen un sentido de la equidad que nosotros creímos una creación exclusivamente humana y aprendida. Una de las pruebas más interesantes que he visto al respecto está recogida en un vídeo en el que un investigador da a dos monos un trozo de pepino para cada uno cada vez que realizan bien una determinada tarea. Para esa especie de monos el pepino tiene más o menos el mismo sabor que para cualquiera de nosotros. Es decir, que puede estar bien, pero no como para darle una estrella Michelin al investigador. Sin embargo, para esos monos, las uvas son un manjar exquisito. De modo que, en una fase del experimento, por el mismo trabajo a uno de los monos le dan una uva, y al otro, probablemente una mona, le siguen dando un trozo de pepino. La reacción de este último es claramente reconocible por cualquiera de nosotros: en un arranque de dignidad le tira el trozo de pepino al investigador a la cara.

Viene esto a cuento de la brecha salarial entre hombres y mujeres. Si los seres humanos procedemos de un mono que ya tenía programado en sus neuronas el sentido de la equidad, concretamente, y científicamente hablando, ¿de dónde proceden el presidente del Gobierno y algunos directivos de la CEOE?

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