La estadística puntual

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Los números se han convertido en el parapeto oficial de la política; en la herramienta para justificar, confundir, ocultar o sesgar la información para dibujar la realidad que les conviene y no la que los pone delante del espejo. Desde las viejas teorías de Chomky o Lasswell sobre la manipulación de los mensajes, la estadística ha sido siempre una fiel aliada de la construcción del discurso político. Lo estamos comprobando en tiempo real con el independentismo catalán y su prontuario mártir. Y lo vemos también cada mes con el paro, cada semestre con la siniestralidad del tráfico; cada año con las explicaciones de los Presupuestos de una y otra administración. O con el fracaso escolar. Porque con tal de no admitir las bofetadas que la verdad les suele propinar sin ambages, llegan a proporcionar retrúecanos memorables para la memoria colectiva del uso lingüístico. Desde aquellos «800 o mil» empleos de Felipe González a los '4 hilillos' de chapapote de Rajoy cuando la catástrofe del 'Prestige', las cifras han terminando constituyendo una especie de numerología de la falacia entre los gobernantes. Y uno puede pasar por alto que se echen en cara epígrafes de cuentas públicas a propósito del déficit o de una determinada infraestructura. Incluso podemos tragar con más o menos esfuerzo el 'y tú más' si detrás de esa guerra numérica lo que subyace es la limpieza de una calle o las mejoras de los parques públicos.

Lo peor es cuando esta tergiversación se aplica a asuntos de fondo, cuando las cifras tratan de levantar un velo sobre averías profundas en la convivencia. Sucede a menudo con los accidentes en carretera. No faltan los políticos que exhiben su euforia si descienden las víctimas de un año a otro. Pero se olvidan de que tras esas hojas de cálculo hay probablemente miles de vidas rotas, esperanzas postradas en la tetraplejia de una silla de ruedas; hijos huérfanos, padres devastados.

Sucede también con el acoso escolar. El otro día supimos que el teléfono contra esta lacra latente detectó 63 denuncias en Andalucía. No faltó quien salió al paso desde la administración preguntándose qué son 63 expedientes en una región donde hay más de un millón de alumnos. Claro, que poniendo delante esa comparación, obvió que tras cada uno de esos casos hay una garganta estrangulada por el miedo, un pellizco en el estómago al llegar a la puerta del colegio, una mirada furtiva al salir de clase, un vientre descompuesto antes de entrar en un aula.

Y es que es un hábito de los delegados de Educación de turno. Ante una agresión, siempre la misma respuesta: «es un caso puntual». Al final nos hemos contagiado de la política y su estrategia de articular los mensajes moviendo las estadísticas. Y se nos olvida que no se puede medir la gravedad en números cuando lo que está en juego son la vida y las emociones.

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