La esquela

Antonio Ortín
ANTONIO ORTÍNMálaga

Debe de ser por los años, por las horas de vuelo que uno lleva acumuladas a bordo de una Redacción como observador de todo lo que sucede alrededor, o quizá porque la vida en su avance te va enseñando a despojarte de lo superfluo, de todo aquel contenido inútil que, aparte de una úlcera, poco aporta a las alforjas del camino. Pero lo cierto es que entre las páginas de los periódicos hay a menudo historias que te reconcilian con el mundo; que sanan, aunque sea un rato, la desolación que representa habitar este Planeta. Son historias pequeñas, que no están en la portada y que casi siempre andan escondidas en la segunda o tercera lectura de cada hoja de los diarios.

Viene esto a cuento de la célebre esquela de Elena Lupiáñez Salanova. Verán: Elena era la jefa de Publicidad de 'El País' cuando, a los 40 años, un cáncer de pulmón se la llevó en el primer día de la primavera de 1994. Desde entonces, su viudo, José Luis Casaus, la recuerda cada 21 de marzo con una esquela en el diario madrileño. Así lleva 24 años, sin faltar a una cita en la que José Luis le pone al día de los progresos de sus dos hijos, que eran pequeños cuando la enfermedad les arrebató a su madre. «La acción de tus gemelos Boris y Yuri ha ido cambiando el orbe habitado de mis ojos», escribía el pasado miércoles. «Ojos avizores, preocupados, alucinados, a cuadros, contentos, severos, comprensivos... cariñosos siempre». Conmovedor y tierno. Y al hacernos partícipes a los demás de esa maravillosa historia de amor que se ha hecho inmortal en la memoria de José Luis, nos da directo en la línea de flotación de nuestra conciencia. Y nos reconforta frente al vodevil catalán, los máster trucados de Cifuentes y el atroz destino de Gabriel o de los niños de Getafe. O, claro, de tanto ruido de pontífices y analfabetos en Twitter. Porque a estas alturas uno no sabe, como escribió el otro día El Roto, si está más harto de tanta noticia falsa o de tanta mentira oficial.

Y, además, ya sabemos que cuando acaba convertido en cenizas el dolor de enfermedades y de las despedidas, de los zarpazos y las decepciones, suele uno aprender a valorar lo importante: la calidez de un ribera en una sobremesa de sábado entre amigos, el abrazo de buenas noches de un hijo con sus manos tibias en tu mejilla, o comprobar cada mañana que los tuyos están bien. Incluso el recuerdo dulce y constante de unos padres que lo fueron todo o de ese amigo que se marchó antes de tiempo. Y así, esa melancolía serena del paso de los años se convierte en un bálsamo frente a la sordidez de cada día.

Hay algún pureta que ha escrito que todo eso son narcóticos para soportar mejor las aristas de esta realidad áspera. Puede ser. ¿Pero qué tienen de malo esas más de cien mentiras si, como en la canción de Sabina, valen la pena y además nos ayudan a tirar hacia adelante?

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