El espontáneo y la profesora danesa

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Es bastante improbable que exista una sola amable lectora, o lector, de esta columna que no se haya enterado de que el señor Puigdemont ha estado en Dinamarca. Cuando yo era joven, al oír Dinamarca, la gente culta evocaba a Shakespeare, pero últimamente es más fácil que te citen la serie 'Borgen'. Que, por cierto, está muy bien. La visita del señor Puigdemont no da, desde luego, para una tragedia shakesperiana, pero ha tenido un par de episodios, tan curiosos como contradictorios, que difícilmente hubieran imaginado los brillantes guionistas de Borgen.

El primero al que me referiré es la aparición de un espontáneo con una bandera española que asaltó a Puigdemont en una cafetería al grito de «dale un besito a la bandera». La escena resultaba incómoda, y no sólo para el político catalán. No tranquiliza saber que hay por ahí individuos paseándose con banderas de cualquier país con la intención de exigirle a personas que no conocen que las besen. Los besos no se exigen ni se imponen, como sabemos todos desde que, en nuestra más tierna infancia, nuestra madre nos pedía que besáramos al primo que nunca nos prestaba su balón de reglamento, o a quien fuera que no quisiéramos besar. Si estoy en una cafetería y viene un señor con una bandera francesa, portuguesa, o alemana, y me exige que la bese mientras me graban en vídeo, pues lo más normal es que lo haga y me quite de líos. Y eso fue lo que hizo Puigdemont con bastante astucia, por otra parte.

Dicen que el espontáneo que lo obligó a hacerlo es un ciudadano español que vive en Dinamarca, será así, pero ¿se puede ser español 'comme il faut' sin comprender lo que significa el beso en España? Cualquier español o española que se precie ha escuchado, voluntariamente o no, cientos de veces a Manolo Escobar cantando el famoso pasodoble: «Le puede dar usted un beso en la mano/ O puede darle un beso de hermano /Así la besará cuanto quiera /Pero un beso de amor /No se le da a cualquiera». Puigdemont besó la bandera española como Nigel Farage, el promotor del Brexit, hubiera besado la europea. Un beso obligado no honra la bandera de un país libre. Para conseguir ese beso, el espontáneo dio, espontáneamente, la imagen de que lo español es algo que se impone a la gente más o menos a la fuerza. Y ya comprobamos el pasado 1 de octubre, por gentileza del ministro de Interior, que esa imagen no ayuda nada en la defensa de la causa de España.

Muy distinto fue el episodio protagonizado por una profesora universitaria danesa en su debate con el señor Puigdemont, pero es que, a diferencia del espontáneo de la bandera, la profesora es una demócrata formada e informada. Con mucha educación, y un fino sentido del humor, la profesora desveló el verdadero rostro del señor Puigdemont, que lejos de ser la amable víctima acosada que mostraba, torpemente y contra sus propias intenciones, el espontáneo en su video, resulta ser un político con una discutible cultura democrática, escasas convicciones europeístas, y doctrinariamente ciego a la complejidad de su sociedad.

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