ENTRE ESPETOS Y ESPIGONES

JOSÉ MANUEL SANJUÁN

SERVIDOR, de natural discreto, no suele inmiscuirse en conversaciones ajenas; pero tampoco puede evitar (en realidad, es inevitable) escuchar opiniones, pronunciamientos o comentarios cuando son dichos en voz alta, sin recato, y con la cercanía por testigo. Así ocurrió hace pocos días, en la céntrica playa que frecuento, donde un corrillo de convecinas de edad madura y talante animoso, pertrechadas con sombrillas y sillas plegables, debatían con tal vehemencia y determinación solo comparable a la exhibida por Julio César antes de cruzar el Rubicón. Como podrá imaginar el lector, los temas eran muy variados, aunque con especial preferencia por cuestiones locales: cambios en el equipo de gobierno municipal, los colegios de los nietos, servicios asistenciales, el turismo de borrachera, la excelencia del espeto en la gastronomía estival, etcétera.

En esas estaban cuando, al hilo de la conversación, alguien planteó si los espigones beneficiaban o perjudicaban la calidad de las playas; punto en el que se oyeron opiniones aún más dispares y encendidas, si bien, finalmente, todas las contertulias coincidieron en una cosa: la presencia de aquéllos embellecía el litoral marbellí. Y no les faltaba razón, porque también considero que, junto a la solitaria mole de El Cable, los espigones o escolleras que pespuntean nuestra costa constituyen un marcado signo de identidad (que incluso nos retrotrae a episodios industriales añejos), además de ser una imagen referencial, entre las muchas posibles de la localidad, con un potencial artístico indudable.

Una de las obras que con mayor acierto ha captado esta injerencia de la tierra en el mar se encuentra en el taller del veterano pintor Perdiguero, residente en Marbella desde 1969 e incansable escudriñador del medio físico de la ciudad y su comarca. El cuadro se titula &ldquoEspigón de Marbella&rdquo, óleo sobre lienzo, de medidas 46 x 60 cm. y fechado en 1980, es decir, quince años después de la inauguración del Puerto Deportivo o Club Náutico, que también aparece en la obra pero en segundo plano, desvaído, minimizado tras la majestuosa presencia del espigón circular de la playa de La Fontanilla, que abre la composición a la derecha en una panorámica integradora de todo el recinto portuario. Un recinto donde vislumbramos, más que vemos, la bocana, algunos mástiles, construcciones anejas...; elementos topográficos que integran, en perfecta sinfonía, el celaje y la mar, con sutil y tersa correspondencia de azules y claros que se desvanecen en la línea de horizonte, como si cedieran su grandeza panteísta en favor del espigón, merecido protagonista de esta espléndida marina y de las actividades estivales de muchos convecinos. Y convecinas.

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