Esperanza de vida

Sin ir más lejos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

La muerte natural de toda la vida es eso que ocurre en los hospitales, de lo que alejamos a los niños y sobre lo que hablamos apenas un día al año. Por eso la noticia de que viviremos más nos alegra cualquier mañana, sobre todo el día de los difuntos, con su agenda íntima de lápidas y recuerdos mientras el menú informativo se mueve casi inexorablemente entre los precios de las cremaciones, los autaúdes reciclables o el derecho a morir digna y hasta digitalmente, una limpieza de datos que empieza a competir con la de los nichos, que ya a nadie importa demasiado. La esperanza de vida crece y no lo hace con las arritmias mensuales del paro sino con una línea constante y esa discriminación positiva que la biología aplica a las mujeres. La preocupación para los 153.764 parados y paradas de octubre, sin embargo, no está en cuánto van a vivir, sino en cómo pasar de mes en busca de un bienestar incierto hasta los 79,8 y los 84,6 años de la ficción estadística. La expectativa de los malagueños de vivir más ha subido una media de casi tres años en una década y más de cinco en los últimos veinte. Estamos en el puesto 43, lejos de ese liderazgo nacional de un Madrid longevo pero también muy distantes de Melilla, ciudad poco recomendable para envejecer. Vivir es siempre una lotería, pero la dieta mediterránea o mantener intacta una analítica de barbie no garantizan los mismos resultados si se aliñan con la renta media del barrio de Salamanca que con la supervivencia diaria de un porteador en la Cañada de la Muerte. En la compleja alquimia de una buena genética que a veces pelea con una pensión hostil, con un dueño que se maltrata o con ambas cosas a la vez, no todo está escrito.

Vivir más tiene mucho que ver con haber vivido mejor también en los años finales, una mezcla de azar y heroísmo. Se puede ser joven y pobre, pero viejo y sin dinero es una forma de asfixia lenta. La desigualdad aquí va también por pensiones, países, ciudades y hasta por barrios. La media invita a los españoles a vernos como esa gerontocracia creciente que nos iguala con Japón en lo desconocido.

Eso al menos nos cuentan los datos, aunque la calidad de los años extra se dibuje entre nubarrones. Al escuchar que los bebés que nacen ahora vivirán un siglo, nos asalta una absurda envidia cuando en realidad nos conformaríamos con saber si habrá respiración asistida para el sistema de pensiones, si podremos pagar para que nos cuiden y si tendremos carrito eléctrico, que no coche, para movernos sin tener que pelear con los ciclistas en el carril bici hasta llegar al tercer hospital, si es que lo vemos. Nadie pierde la esperanza de vivir más mientras cumple años y el problema no será tanto llegar a los cien si no pagar las facturas. Los centenarios de ahora no nos valen. Son de otro material y de otro tiempo, los cuidan en casa y hasta tienen fuerzas para apagar las velas de la tarta.

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