Esperanza

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

Hoy lunes 18 de diciembre es el día de la esperanza. Se habla poco de la esperanza, sí, demasiado poco. Quizá porque se viva poco. Como si tuviésemos un serio interrogante sobre el futuro y no esperamos nada. O directamente no sintamos simpatía por la esta virtud teologal; Nietzsche, la llamaba virtud de los débiles.

Sin embargo, la esperanza es necesaria para vivir y sobrevivir en esta jungla en la que convertimos a diario el mundo. Quien cultiva la esperanza viaja continuamente en un clima de confianza y abandono; aunque se enfrentara a todo un ejército, no temerá su corazón. ¿No es exageradamente entusiasta esta afirmación? No, rotundamente, no. Porque, esto no obvia otra verdad: que la gente mala también puede ser afortunada y llegar a salirse con la suya. Sin embargo, a pesar de esta realidad incontestable, quien cultiva y vive en esperanza y la conserva de manera firme e inquebrantable experimenta solidez y descanso en la vida. A pesar de los pesares sabe esperar, pacientemente, para que pueda cumplirse lo esperado. Sin prisa, ni precipitaciones, danto tiempo al tiempo. Confiando en un futuro bueno.

Pero ¿cómo se puede vivir así en medio de tanta dificultad? El creyente se agarra al poder de Dios que lo ama inmensamente y es fiel a las promesas. Pero el no creyente, ¿dónde se apoyará? Incluso quien tenga o mantenga una fe débil ¿Dónde puede recurrir? ¿A frases vertidas en redes sociales? ¿A libros de autoayuda? La pregunta puede ser más directa: cuando las cosas no salen como se esperan ¿Dónde podemos depositar nuestra confianza? ¿Dónde encontrar descanso para no sentirse solo, inútil o abandonado?

Cuentan que una vez una mujer se confesó con un sacerdote, este cura luego llegaría a ser Papa, Juan Pablo I; la mujer estaba desalentada, porque había tenido una vida moralmente borrascosa. Albino Luciani le preguntó ¿cuántos años tiene? -Treinta y cinco. -¡Treinta y cinco! Exclamó, -pero usted, continuó respondiendo, puede vivir todavía otros cuarenta o cincuenta años y hacer un montón de cosas buenas. Entonces, arrepentida como está, en vez de pensar en el pasado, piense en el porvenir y renueve su vida, le contestó el confesor. ¡Ahí es donde se nutre la esperanza! En la capacidad que todos tenemos de superar dificultades. Y de mirar hacia adelante. De hablar el lenguaje del corazón y mirar al futuro huyendo de quien encadena calamidades que ocultan su propio fracaso.

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