Intruso del Norte

Esperando catarsis. Martiricos

La grada siempre ha de dictar sentencia. En el fútbol y en la vida

JESÚS NIETO JURADO

Toda vida pasa por un estadio, y quien denosta al fútbol denosta el sentido común y la parte constituyente de lo que somos. Que el fútbol es disciplina y hasta religión indispensable lo descubrimos el día en que descubrimos que esa cosa centenaria de pegarle a una pelota formaba parte de la costuras últimas de la sangre. El madridista que soy yo fue niño periodista y malaguita, en aquella gloriosa época de Joaquín Peiró, señor en estas lides del balón y el señorío (valga la redundancia). Yo vi pasar la Historia por La Rosaleda cuando jugamos contra el Albacete -creo recordar- y salté, no sé cómo, ese foso por donde ratas y latas fueron creando un afluente cerrado del Guadalmedina. Era sol, final del túnel, y la Primera nos sentó como un Domingo de Ramos con otras palmas. Y siempre la pasión, el rugido, aquellas gorrillas de mala tela que vendían con las garrapiñadas y que poco hacían en las achicharradas tardes de Segunda. Pero la pasión del personal no menguaba, aun cuando el rival era el filial del Córdoba y el estadio y el alma se nos hizo gangrena con la aluminosis del juego y con la estructural. Mucho después llegó aquel Málaga de Champions, que a mí me pilló ya fuera del forofismo por esa falsa madurez que da el no creer en nada: ni siquiera en el estadio.

Finiquitado Míchel, y aunque sea en esta mañana de lunes, hay que darle la palabra impresa a la afición, a la que quieren de convidado de piedra aquellos que no saben del helor las noches de sábado. La afición siempre estará ahí, pero ya Pablillo y demás irredentos de la grada dan la Segunda como inevitable. Es cierto que las crisis llegan a un punto de no retorno, pero nuestro equipo tiene memoria amarga del pozo, y son ya demasiados partidos a contrahora: demasiados viajes por los verdes campos como para que otra tarde más se vea la indolencia abajo y la inopia cabezona de la caseta hasta más arriba.

Soy madridista poco militante, pero no soporto esa tragedia relativa en mis vecinos. Veo banderolas que van del Palo a las cercanías de este periódico, y que flamean desilusionadas y hasta mustias por encima de sus posibilidades. Aquel Málaga europeo, aquel Joaquín de las internadas, con su Hulio y sus capotazos, con su guasa y su buen fútbol... Todo eso no se puede borrar del zurrón de la memoria. Hay esperanza. Quedan centímetros para el despeñadero, pero la afición va de diez, como siempre, y la carta de las peñas lo dijo en nítido malagueño: basta.

Hay muchos que no se sientan en los tendidos fríos del abono y que saben justito de ilusión y de compromiso: éstos han de mirarse si es horchata lo que le corre por las venas. Quede claro que si el parlamento de la grada dicta sentencia, desoírlo es tiranía. Y así en el fútbol como en la vida.

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