El espejo tapado

La rotonda

Ignacio Lillo
IGNACIO LILLOMálaga

Siempre vi en Barcelona un espejo donde mirarnos como ciudad. Un hermano mayor al que el pequeño se aferra en sus primeros pasos; en sus primeras vueltas en moto; en sus primeras noches. Aún a años luz de distancia (económica, social, cultural, etc.), subida en su atalaya del Tibidabo y la sierra de Collserola, guarda muchas semejanzas con Málaga. Muchas más que diferencias. Es bueno tener referencias en la vida, observar lo que otros hacen y en la medida de lo posible, hacerlo mejor. Y en la ciudad condal se han hecho muchas cosas bien.

Desde fuera siempre se tiende a idealizar, como esa conexión mágica que marca la historia, cuando el genio Picasso vino a nacer en una y vivió en la otra su primera gran etapa creativa. No es para menos. Ambas son urbes mediterráneas y cosmopolitas, abiertas e innovadoras, aunque la capital catalana ha sabido sacarse más partido. También ha tenido ayuda, mucha más, pero eso ahora no viene al caso. De su experiencia aprendimos que el puerto no sólo puede, sino que tiene que ser para los ciudadanos. La operación de apertura de los muelles 1 y 2 bebe en buena parte de la vivencia y de los errores que los primeros (precisamente, por serlo) cometieron, como el del Maremagnum, que aquí se quedó sólo en amenaza. Con sus aciertos y sus fallos, han logrado una convivencia de las actividades ciudadanas e industriales que todavía aquí seguimos buscando. También en el polémico asunto de la torre del dique de Levante, la ubicación y la tramitación siguen el camino abierto en su día por el hotel Vela. La apuesta por los cruceros es otro hito que debemos en parte a los barceloneses, hasta el punto de que, todavía a día de hoy, la empresa Creuers del Port es el socio mayoritario de las terminales de cruceros. Y en el modelo de desarrollo turístico cultural, que tan buenos resultados nos está dando. No en vano, Málaga es hoy una ciudad de referencia para los inversores, como Barcelona lo fue antes.

La urbe vibrante, una de las grandes del Mundo, con mayúsculas, ha quedado tapada por un manto de banderas; muda por los gritos de un puñado de políticos antisistema y sus adláteres; sorda por el ruido del marketing político insustancial. Huestes acérrimas ocupan las calles por las que antes paseaban ciudadanos abiertos, formados, emprendedores. Deseosos de formar parte del presente y del futuro de Barcelona.

Perder las referencias es injusto. Necesitamos que nos devuelvan cuanto antes el espejo en el que tanto nos queda por mirarnos.

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