Especial consagración

Rafael J. Pérez
RAFAEL J. PÉREZMálaga

Hay quien consagra su vida al estudio, a la investigación, al trabajo. Quien consagra su vida a la familia, a los hijos, a la pareja. Quien consagra su vida a sí mismos, a sus hobbies y particularidades. También hay quien consagra su vida a Dios, a los demás, a buscar la plenitud. Estos últimos, si son católicos, tienen un día en el que celebran su especial consagración. Será el próximo viernes y coincide con la fiesta litúrgica católica de la Presentación de Jesús en el templo.

Son hombres y mujeres de especial consagración porque quien consagra a Dios su vida lo hace a una realidad difícilmente objetivable; porque quien consagra su existencia a los demás lo hace a contracorriente en medio de una sociedad que a lo sumo reserva horas de atención a los demás o un tiempo limitado en la biografía; porque quien consagra su vida a buscar la plenitud son personas que expresan específicamente un deseo de búsqueda y encuentro con la Trascendencia, algo también poco usual en los días que corren.

El debate sobre Dios, la Trascendencia y la atención al prójimo encuentra en estas personas de especial consagración interlocutores válidos. En este sentido, los creyentes tienen algo que decirle al mundo: que la cuestión de Dios no es una cuestión privada. La verdad no es la propiedad privada de alguien, sino que ha de ser compartida, conocida, transmitida. Y en los consagrados a Dios y a los más pobres se descubre de manera evidente. Los creyentes tienen que estar dispuestos a demostrar el sentido profundamente racional de sus convicciones. De palabra y obra. Con bondad auténtica.

Hoy día está de moda la falsa bondad. Porque la bondad auténtica produce pánico. Y produce pánico porque los buenos a secas, los de verdad, los que como Jesús de Nazaret pasan por la vida haciendo el bien, no solamente no pactan con los poderes sociales, sino que inexorablemente acaban por ponerlos en tela de juicio con su mera presencia y lúcidas palabras. Y así, en el colmo de la barbaridad lo buenos oficiales eliminan a los buenos auténticos con fingida humildad, a veces hasta con buena voluntad acusándolos de imprudentes, peligrosos o exagerados. Por eso estas alturas del partido me quedo con la gente buena sin más con nombres y apellidos consagrada en cuerpo y alma a aquello que les mueve el corazón y la vida.

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