Dos Españas

JOSÉ MARÍA ROMERA

La gloria de un escritor no autoriza a entrar en su obra como elefante en cacharrería, usándolo a la medida de nuestros caprichos o como respaldo de nuestras ocurrencias. Para citar frases o versos sacados de textos ajenos hay que cumplir dos requisitos: una escrupulosa literalidad hasta la última tilde; y después, un respeto no menos estricto a la intención con la que esas palabras fueron dichas. A Machado le persigue de manera singular esta maldición del citado, que lo emparenta con otros autores igualmente sometidos al inclemente saqueo de sus supuestos devotos: Borges, García Márquez, Groucho Marx, Cervantes o Wilde, por mencionar los más acribillados. Internet es un propagador incesante de falsas citas y de reflexiones de autor adulteradas contra las que no hay remedio, y una de ellas es la que atribuye a Machado la idea de las dos Españas. Está en sus escritos, pero no con el sentido y la intención con que hoy circula en artículos, polémicas y debates políticos. No son, como se nos quiere transmitir, los polos de un enfrentamiento más o menos secular y cainita, arraigado en nuestra historia como un numen fatal que cada cierto tiempo nos devuelve lo peor de nosotros mismos. Cuando Machado se dirige compasivamente al españolito que viene al mundo advirtiéndole de que una de los dos Españas ha de helarle el corazón, lo que trata de hacer es describir dos hornadas sucesivas -no simultáneas ni del todo opuestas- de compatriotas igualmente aborrecibles. La primera, la anclada en rancias tradiciones y en «sagradas formas y maneras»; la segunda, posterior, la de los resignados a su suerte o acomodados en una confortable apatía, sin aliento ni moral para emprender las reformas que precisa el país. Otros creadores sí nos han legado imágenes binarias de una España condenada a la polarización. Unamuno, sin ir más lejos, cuando señalaba con igual repulsa a «los hunos y los otros». O Goya cuando pinta a los dos labriegos en una bárbara pelea a garrotazos, como símbolos de dos actitudes en perpetua discordia. O el imaginario epitafio que Larra dedica a media España «que murió de la otra media». Es la tentación de vernos en el espejo como un «intratable pueblo de cabreros» (Gil de Biedma), que cautiva tanto como dispensa de analizar las cosas más a fondo. Machado no incurre en ese pesimismo simplificador. Antes al contrario, sus dos Españas anticipan el advenimiento de otra generación mejor que las llevará al olvido, la «del cincel y de la maza» siempre omitida en las citas. Lo que el poeta nos dice es que hay vida más allá del ring, del péndulo, de las banderías excluyentes y los duelos fratricidas. No viene mal recordarlo en tiempos de tribulación.

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