España mágica

No ha decaído el poder magnético que propagaron los viajeros románticos

José Vicente Astorga
JOSÉ VICENTE ASTORGA

Que somos como un continente a escala repleto de atractivos es de esas evidencias que no necesitan letra en ningún himno nacional 'prêt a porter' ni aspiran a prosa constitucional. En esto el viejo país se vale por sí solo sin neonacionalismos aunque siga sin saber dónde quiere ir, mundial de Rusia aparte. Deben ser las cosas del alzhéimer del Estado más viejo de Europa que desde hace 40 años parecía que viajaba desde el centralismo cuartelero a la descentralización y ahora anda en plena centrifugación, como acaba de sentenciar Felipe González, un jarrón chino que da mucho juego como cascarrabias documentado. Ese destino sin horizonte más allá de los estadios es parte de la esencia nacional, una idea difícil de entender pero con la consistencia del inmenso y variado escaparate que somos y que gentes de todo el mundo pagan por conocer. En eso nos va el 16 por ciento del PIB y eso sí es una marca España que deja huella en la economía. Ya en los libros de texto se nos pintaba una arcadia en el mapa con reparto regional de frutas, altos hornos humeantes y trajes regionales, pero ninguneaba el bikini como uno de ellos. Los turistas crecieron pero los viejos demonios siguen ahí como adolescentes a la gresca que no se hallan. La España pobre y la rica, sur y norte, la seca y la húmeda... Nada nuevo bajo el sol. Climas, paisajes, idiomas, fiestas, tradiciones y patrimonios materiales e inmateriales nos ponen a la cabeza del turismo mundial. No ha decaído el poder magnético que propagaron los viajeros románticos del XIX y que ahora es un boca a oreja que llena aeropuertos y estaciones. Nos afanamos para que sigan eligiéndonos, pero lo hacemos al ibérico modo. Cada región y provincia atrincherada en su cantón, una promoción más útil para consumo interno porque la clave sigue siendo sonreír con acentos diferentes a quien busca en Triana, el Obradoiro, la Diagonal o en Larios para ver el nuevo trono de La Paloma el meollo del encanto de España, un santo grial troceado como una reliquia imposible. Otra cosa es que busque un tablao, que a eso siempre nos ganará Tokio. Los extranjeros caen rendidos a la magia del país europeo que hizo la única guerra civil de religión y que una semana al año se busca a sí mismo junto a cristos y vírgenes o tan lejos de ellos como el presupuesto alcanza. Ya no hay siempre tipos pendencieros y malencarados, brillo de navajas ni mantillas con abanico en las tabernas, pero a cambio ahora el turista tiene en cada informativo la paridad montaraz de políticos que quieren mimetizarse en un exilio suizo como aprendices de Urdangarin. Andalucía estos días se llena, sobre todo de otros andaluces, los segundos que más nos visitan después de los ingleses. Todos viajan para pasarlo bien, no para psicoanalizar a catalanes y vascos ni para pedirle el pedigrí al cocinero de la paella o al espetero africano con el que quizás las sardinas compartieron agua al cruzar el Estrecho. La Semana Santa no nos hace necesariamente más buenos, aunque a todos nos obliga a ser turísticamente los mejores. A la mayoría le basta con que tanta fe en el presente no nos haga más caros.

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