Escuela de calor

JUAN FRANCISCO FERRÉ

La temperatura sube sin parar y la realidad se reblandece como los cerebros. Pasamos del calor al bochorno y al sofoco en cuestión de segundos. Por más que se abaniquen la cara ante las cámaras, los consejeros de la mala educación española no se aclaran. ¿Estamos en 2017 o en 1977? Viendo la tele pública nadie sabría decirlo con exactitud. Un reportaje pomposo celebra la cuarentena democrática como prueba de madurez nacional mientras en un canal privado se revela que todo fue un tremendo amaño mediático para hacer que los votantes españoles eligieran con inteligencia. La manipulación del ente es monumental.

Llamadme pajillero, si queréis, pero el 15 de junio de 1977 yo tenía catorce años y mi mayor preocupación no era el resultado de las elecciones sino el sustento imaginario de mis erecciones. Era uno de esos adolescentes trastornados por el espectacular despliegue de desnudos femeninos en las revistas de la época. Mientras mis padres acudían en la calurosa tarde al colegio electoral más cercano para desvirgar la primera urna de su vida de votantes, yo me la sacudía a muerte, como el buen salvaje de Rousseau, examinando el despelote glorioso de mi guapa amante de papel. Me las había arreglado antes para robar el último 'Interviú' del dormitorio paterno y quedarme a solas con la llamativa portada y la ardiente galería de poses fotográficas alojada en las páginas interiores.

Yo no pensaba, en pleno arrebato, en la importancia objetiva de la simultaneidad de ambas acciones. Es evidente para mí desde hace tiempo. Más allá de la manipulación mediática, lo que hizo de nosotros, los degenerados de entonces, unos demócratas convencidos no fueron las argucias de Suárez, ni las tretas de sus socios y aliados, sino las tetas impúdicas y la guarrería sexista del 'Interviú' y demás revistas eróticas. La energía libidinal es el fermento de cualquier democracia. Una convicción atávica que entra por los ojos y se imprime en la profundidad de la piel y en las sensaciones íntimas del cuerpo soberano. Igual que la dictadura movilizó la represión católica y su hueste de taras morales para fortalecerse, la democracia fomentó el libertinaje carnal y todo su gozoso desparrame.

Ha pasado el tiempo y ya nada es lo mismo, sin duda. Pero que no nos engañen otra vez con fríos maquiavelismos televisivos. Todos los que vivimos aquellos intensos años de inmadurez política sabemos perfectamente qué fue lo que cimentó el éxito de la Transición. El capital sexual de la democracia y de sus líderes más deseados se expandía por la sociedad como un flujo afrodisíaco, excepto entre las momias nostálgicas del franquismo. Es bueno recordar esta historia tórrida ahora que algo huele a podrido en la democracia española, como repite el mantra podemita, y la única explicación, mira por dónde, no es el calor.

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