Carta del director

La escuela

Manuel Castillo
MANUEL CASTILLOMálaga

S i me preguntasen como padre qué espero del colegio de mis hijas, la respuesta sería que, además del aprendizaje de los conocimientos básicos, desearía que me ayudasen a inspirar en ellas pensamiento crítico, autoconfianza, capacidad de esfuerzo, trabajo en equipo y tolerancia. Y todo ello en un ambiente de vida saludable otorgando valor al estudio, el deporte, la buena alimentación, las relaciones sociales con sus compañeros y los juegos.

La escuela, como concepto, es un lugar maravilloso, donde los niños construyen su equipaje emocional e intelectual y donde quedan grabados para toda la vida momentos, personas, días, gestos, anécdotas, alegrías y tristezas. Y también éxitos y frustraciones.

El valor de una sociedad se puede medir perfectamente por la preocupación por sus escuelas, por el respeto a sus maestros y por la protección a sus alumnos. Y con este sistema de medida, España corre el riesgo de ser un auténtico desastre, lo que dice muy poco, o quizás mucho, de todo el país como colectivo. Es demencial asistir a la utilización de la escuela como instrumento político y como herramienta de adoctrinamiento, inculcando en sus mentes el odio y la intransigencia. Y da miedo escuchar cómo hay políticos que se atrincheran en las aulas para desde allí socavar los valores que inspiran la escuela, hurtándoles a los niños y a sus padres el derecho a ser educado en libertad.

El proceso independentista ha dejado al descubierto las tropelías cometidas en las escuelas catalanas, convertidas a veces en factorías de intolerancia frente a la indiferencia de los poderes públicos.

Hay que actuar. Y no sólo en Cataluña, sino en cualquier rincón del resto de España en el que se esté atentando contra los valores educativos. Porque uno de los efectos de este Estado de las autonomías ha sido la utilización de la Educación, con mayor o menor intensidad, para la consecución de objetivos políticos, convirtiendo las aulas en un experimento sociológico. A veces, y eso hay que reconocerlo, con la complicidad de maestros y profesores, colaboradores necesarios de cualquier adoctrinamiento.

Es preciso sacar la Educación del debate político y de los enfrentamientos territoriales. Porque la formación no puede estar en manos de insensatos, sean quienes sean y vengan de donde vengan.

Hay grandes ejemplos de escuelas y profesores volcados en su misión, vocacionales y con una inquietud que contagian a sus alumnos. Ellos son los grandes héroes de estos tiempos y bien merecería la pena reconocerles su papel, social y económicamente. La escuela es -y lo hemos visto en sentido contrario- la mejor herramienta para construir una sociedad mejor.

Un proverbio africano dice que para educar a un niño hace falta una tribu entera. Y es verdad. Cabe preguntarse qué hacer cuando la tribu se corrompe y olvida su papel educativo. Sólo queda entonces reconquistar la escuela como espacio de tolerancia, pensamiento y convivencia. Caiga quien caiga y cueste lo que cueste. Esa es la verdadera revolución para la que, seguro, no faltan maestros revolucionarios.

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