Escritores

Las patadas al diccionario y a la gramática son harto elocuentes y evidentes. No ya desde un radicalismo paradigmático, que termina siendo excluyente al preponderar, sino desde la rusticidad más supina

JOSÉ LUIS RAYA / PROFESOR DE INSTITUTO

«Escribo para que la muerte no tenga la última palabra», afirmaba Oddysséas Elýtis en un afán quizá por eternizarse, o el gran Eduardo Padura: «Escribo como un loco para no volverme loco». Rubén Darío crearía pura belleza en su primera etapa y él mismo concluiría con el poderoso poder de la palabra, esa palabra/poesía que se puede convertir en arma cargada de futuro, como ya supuso Gabriel Celaya. O para pedir la paz (y la palabra) si rememoramos a Blas de Otero. Hay diferentes motivos que acechan al escritor/creador para que justifiquen su labor. Cualquier cimiento se puede agregar a las distintas funciones del lenguaje: persuadir, imperar, expresar, embellecer, sugerir o informar básicamente. También podemos fustigar, reseñar, criticar, valorar e incluso incordiar o molestar; también alabar, orar, confabular, enemistar, amar o vilipendiar. E incluso para ahuyentar fantasmas: Lorca, Byron, Shakespeare, Cervantes... y poner un cierto orden en un mundo tan caótico, que nunca concluye en equilibrio. Jorge Guillén lo ensalza en su 'Cántico', pero después se desvanece en su 'Clamor', quizá convencido por el pesimismo cósmico de Aleixandre.

Hay también un postergo en todo lo que sea creativo que se relaciona más bien con lo metalingüístico y que todo escritor, escribano o escribiente lo solapa a cualquier momento de su instauración, especialmente el primero, ya que los otros son meras polichinelas. Es esa manipulación de la forma la que el creador debe a-moldar como si fuera arcilla que después recibiera el soplo que le dé la vida. Son muchos los que pasaron gran parte de su existencia cincelando esas palabras que nunca terminaban de amoldarse al Todo, ni del todo. ¡Cómo padeció Juan Ramón Jiménez los últimos años de su vida «buscando el nombre exacto de las cosas»!, retocando, puliendo, abrillantando e incluso perfumando ese crisol que inició su andadura formal a partir de 1713, si bien aquel Nebrija (Lebrija) ya pergeñó aquella gramática que tanto se necesitaba, no tanto para ilustrar a los foráneos como para orientar a los indisciplinados y desaliñados que escribían zigzagueando entre oclusivas y fricativas, dento/alveolares, africadas, sordas, velares y sonora: (s,ss,ds, ts, x, Ç...). Se necesitaba algo que limpiara y fijara, y si fuere posible, también ofreciera esplendor.

Las patadas al diccionario y a la gramática son harto elocuentes y evidentes. No ya desde un radicalismo paradigmático, que termina siendo excluyente al preponderar, sino desde la rusticidad más supina. Es el creador el que puede y debe apoderarse del crisol, como si fuese también un grial/graal. Por otro lado, hay que permitir que los hablantes normalicen lo que se va modelando, aunque fuere de forma abstrusa, pero al mismo tiempo con tiempo. El lenguaje posee su propia evolución, si bien en estos tiempos que corren todo evoluciona con mucha más rapidez; lo que antes se fundía en ese crisol tras varios o interminables siglos, ahora puede doblegarse en cuestión de segundos: tuiteos (en su momento fue un palabro como el palabro mismo) o nefastas y nefandas presentaciones/declaraciones de politólogos y aspirantes -la lluvia podrá convertirse en lluvio si cae en una ciudad de género masculino como Toledo, Vigo o Bilbao-. Podemos sugerir y componer tantos dislates como se nos antoje, pero estaremos contribuyendo a la confusión y la inoperancia. Estaremos contradiciendo en muchos casos la genuina economía del lenguaje. Es tan sólo el creador el que puede cambiar el devenir del átomo: podemos adentrarnos también en el terreno de las metáforas.

Garcilaso, Fray Luis o Herrera prepararon el terreno para que los quevedos y los góngoras se replantearan el lenguaje y sus formas y lo plagaran de oxímoros, hipérbatos, calambures, sinécdoques, simbologías, epanadiplosis, anáforas y catáforas, paronomasias, epíforas o retruécanos. Así pues, es tan sólo uno el que tiene autoridad para crear. Uno. De hecho, existe el 'Diccionario de autoridades' y un vocablo o una expresión cobran vida o se recuperan cuando han sido labrados por esos incomparables escultores del lenguaje, lo mismo que se buscan antecedentes en ese insólito caso para crear jurisprudencia sobre algo que no es fehaciente.

Los pocos sabios que en este mundo han sido; y seguimos la escondida senda (FdL). El mismísimo bardo de Belmonte revisaba y repasaba, recreaba, pulía y buceaba en las tenebrosas etimologías del griego, del latín y del hebreo. JRJ no descansaba hasta que la locución no alcanzaba su plenitud y se levantaba y se revolcaba hasta que no proyectara su esplendor, flagelado por las tormentosas obsesiones que le graznaban desde las torres mudéjares de Moguer. Es el ingenio de Gracián o Quevedo, el cultismo confuso de Góngora o las acrobacias paralingüísticas de Lobo Antunes («No es medianoche quien quiere», Random House). El talentoso discurrir de Wilde, las profusas sendas conceptistas de Benet, los parapetos de L. Martín Santos y los consolidados riesgos de Joyce insuflarán al lenguaje la vida cósmica que necesita, sobre todo cuando lo pedestre lo atenaza con sus limitaciones, sus fobias y su inopia.

Es preciso que las autoridades/escritores arrastren al lenguaje y lo desglosen, combinando sus prefijos y sus desvencijados sufijos, pronominalicen y reinventen sus ecos. Que alteren los causativos y vislumbren los nuevos caudales que pueden correr a raudales a través de un torrente impetuoso de arcaísmos, cultismos y también neologismos o germanismos (por qué no). Para ello uno tiene que haber leído a Cervantes, Borges, Shakespeare, Beckett o Balzac entre otros. En caso contrario, ni lo intente, ni se encause por los pedestres.

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