Escándalo

Alberto Gómez
ALBERTO GÓMEZ

Nuestro umbral del escándalo ante cuestiones sexuales comienza a rozar mínimos ridículos, como si hubiéramos retrocedido dos o tres generaciones de un plumazo. Vuelve a estar de moda el rubor, un apego anacrónico a la castidad y la decencia mal entendida, conceptos que dejan un reguero de caspa sacudida desde hombreras diseñadas en otra época. Torremolinos, que acaba de cerrar una de sus etapas más timoratas décadas después de haber liderado el aperturismo sexual en España, ha sido escenario de la última falsa polémica que ha puesto en evidencia a los defensores de la mojigatería. Apoyo Positivo, asociación que desde 1993 trabaja con empeño en la promoción de la educación sexual y afectiva, ha organizado talleres de masturbación femenina, «autocoñocimiento» (maravilloso término) y masajes eróticos entre hombres. La iniciativa ha despertado del letargo por defunción a varios grupúsculos reaccionarios que han puesto el grito en el cielo, que no en celo, porque estos cursos pertenecen a un programa anual de prevención de enfermedades de transmisión sexual subvencionado por la Junta de Andalucía. Sería recomendable que los indignados que enarbolan la constringente bandera del puritanismo asistan a los talleres de Apoyo Positivo, al menos antes de que Marta Sánchez acabe componiéndoles un himno y la adhesión santurrona sea ya irreversible. Algo han entendido mal estos viejos escuderos de la moral; se llevan las manos a la cabeza, cuando en realidad se trata de llevárselas a otro sitio.

La educación sexual continúa siendo una asignatura tristemente pendiente que desborda a padres, madres y profesores, como explicaba Ana Pérez-Bryan en un revelador reportaje (otro) publicado en estas páginas el pasado domingo. La involución sexual, nuestra escasa capacidad para superar tabúes y abordar el asunto de forma sana, desde la pedagogía y la diversidad, subyace bajo lacras como la violencia machista, la LGTBIfobia (que la semana pasada se cobró otra víctima con el suicidio de un transexual de 16 años) o el carácter tóxico que arrastran determinados tipos de relaciones de pareja. El problema atañe a las familias y al resto de actores de la esfera privada pero también a las administraciones públicas. Aquí es donde cobra sentido que el Gobierno autonómico, cualquier administración en realidad, respalde programas de prevención y talleres como los de Apoyo Positivo. Ya iba siendo hora, aunque, como cantaría Raphael, «no pare la lengua / de la alta sociedad».

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