El error de escuchar

JUAN GÓMEZ-JURADO

Esboza el filósofo alemán Axel Honneth en su libro 'La lucha por el reconocimiento' (Crítica, 1997) una teoría crítica de la sociedad en la que los procesos de cambio social se explican mediante relaciones de reconocimiento recíproco. Partiendo de la premisa antropológica de Fichte, según la cual el hombre solo es hombre entre los hombres, Honneth nos deja una pista interesante. Solo a través del reconocimiento y del respeto se producen los avances auténticos en materia moral, filosófica y política.

¿Qué sucede cuando, haciendo un esfuerzo ímprobo, cometemos el error garrafal de escuchar? ¿Qué pasa cuando, por algún accidente del destino, nos paramos a valorar, sopesar, a conjugar las molestas segundas y terceras personas de los pronombres posesivos?

La verdad, así, subrayada, es cómoda, atrayente y fácil, razones todas por las que es muy conveniente evitarla. La verdad, en abstracto, no existe. La superioridad moral de un bando frente al pragmatismo de otro no son más que prejuicios, sombras en la platónica caverna, espejismos al borde de un horizonte, por definición, inalcanzable. La verdad sin subrayar, en esta España que vivimos, sigue más bien un incómodo modelo rizomático, no jerárquico, en el que cada predicado afecta a todos los demás. Acercarse a ella exige respeto, y aquí empiezan los problemas.

El respeto, por oposición a la verdad, arroja un montón de inconvenientes de índole práctica. Requiere escuchar o leer la opinión vertida por la otra persona, algo siempre incómodo. Requiere pasar por encima de las faltas de ortografía, las arrugas de la ropa, la halitosis, la calvicie y el olor corporal, si los hubiere (y siempre los hay). Exige obviar el carnet de partido, las relaciones familiares, la historia personal con el individuo, la foto de perfil en Twitter y Facebook con la bandera de España, el escudo del Real Madrid o la hoz y el martillo. Obliga a despojar el argumento de contextos, de lastres, de estigmas previos. Impele a reconocer al porquero la misma capacidad de enunciar que a Agamenon. Fuerza, en suma, a algo tan difícil, tan imposible, como reflexionar sobre la verdad.

Puede que el respeto, en su forma más pura, sirva para construir, para crecer, para edificar el propio reconocimiento y la madurez personal alimentándonos de la tensión necesaria entre ideologías distintas y necesidades distintas. Puede que el respeto nos acerque a los que tenemos enfrente, permita bogar en la misma dirección y llegar a algún sitio.

Pero... ¿quién quiere de entre nosotros tener que hacer el esfuerzo existiendo buenas mordazas y buenas tapias?

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