Error de diagnóstico

JOSÉ ANDRÉS TORRES MORA

Cuentan Cass Sunstein y Richard Thaler, este último, premio Nobel de Economía en 2017, en su interesante libro 'Un pequeño empujón', que los trasplantes de órganos son una de las actividades que requieren unas infraestructuras, materiales, organizativas y legales, más avanzadas. Dicen también que España es líder mundial en trasplantes de órganos. Mientras leía el libro no dejaba de pensar en cómo es todo esto compatible con la tesis de que somos un país fallido, liderado por una casta de políticos corruptos e incompetentes.

Sin menospreciar el elogio del premio Nobel me pregunté: ¿y qué dice la gente que usa cotidianamente la sanidad pública en España? De modo que me asomé a los resultados de la última encuesta del CIS, realizada en 2016, sobre nuestro sistema sanitario. A la pregunta por la valoración de la atención recibida en las consultas de medicina general de la sanidad pública, un 86% de los entrevistados declararon que la atención era buena o muy buena. Seguidamente me dije: ¿hay diferencias de clase en la percepción del trato recibido? Pues la respuesta es que no hay. Las personas de clase alta o media alta dicen que recibieron buena o muy buena atención en un 85,8 % y las que pertenecen a la categoría de trabajadores manuales no cualificados en un 85,1%. Nuestra sanidad pública es buena, aunque sea mejorable, y es igual de buena para todos, sin distinción de clase.

Y ya que estaba en la página del CIS, se me ocurrió mirar la última valoración, del 0 al 10, con la que fueron calificados los ministros y ministras de Sanidad de la democracia antes de dejar el cargo. Seguidamente van los nombres, desde la más reciente al primero para el que pude encontrar el dato:

La última valoración, correspondiente al mes de enero, de la ministra de sanidad actualmente en el cargo, Dolors Monserrat, ha sido un 2,9. Fátima Báñez, que lo fue unos meses en sustitución de Alfonso Alonso tuvo un 2,6. Alfonso Alonso, 3,2. Ana Mato 1,8. Leyre Pajín, 2,8. Trinidad Jiménez, 4,2. Bernat Soria, 4,3. Elena Salgado, 4,6. Ana Pastor, 4,4. Celia Villalobos, 3,8. Romay Beccaría, 4,5. Ángeles Amador 4,3. José Antonio Griñán, 4. La base de datos del CIS no va más atrás. La situación de la sanidad durante el mandato de un ministro puede venir condicionada por la del anterior, y sus reformas, buenas o malas, suelen dar su resultado después de que haya dejado el cargo. En todo caso, durante los últimos veinticinco años, todos los responsables de la cartera de Sanidad, independientemente de si contribuyeron a mejorarla o a empeorarla, se han ido con un suspenso. Ya se sabe, todos son iguales, gritan los indignados.

Aunque, bien mirado, unos son más iguales que otros. The Lancet, la prestigiosa revista científica, publicaba el pasado septiembre el ranking mundial de países según su sanidad: en 2015 éramos los séptimos, en 2017 ocupamos el puesto 23. Hemos bajado 17 puestos en dos años. De todos los males que sufrimos en España, uno de los peores es el diagnóstico de los males que sufrimos en España. Y la terapia, obviamente.

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