EPPUR MI MUOVO

NIELSON SÁNCHEZ-STEWART

Triste suerte la de los lugares que viven atentos a las estaciones del año. El otro día, un ciudadano manifestaba en una película ambientada en un pueblo de mar, parezco Sabina, aquí en invierno no viene ni... y soltaba la blasfemia que nos imaginamos. Desde hace ya muchos años, Marbella no es uno de esos sitios. Primero porque la población estable es importante. Aunque los nativos, nativos son pocos, la gente no es tonta y se ha dado cuenta de las enormes ventajas de residir aquí. Y los naturales del país no recurren al procedimiento menorquín que trata de desengañarte de manera permanente sobre los beneficios de la isla. Cuando le comentas allí a un paisano lo bonito que está el día, por ejemplo, te mira con una mezcla de desdén y misericordia y te comenta que es una excepción y que ya verás cuando sople la tramontana. Segundo, porque la temporada es larga y cuando no es verano, es feria en alguna parte, o Navidad y, por supuesto, Semana Santa. Esta época es la elegida por antonomasia. Cuando esta ciudad era lo que era y aparecían por aquí artistas de Hollywood, intelectuales de verdad, nobeles, aristócratas, el Gotha en pleno y hasta testas coronadas, era la cita obligada. Con la canícula, la calidad del público se democratizaba por no decir que sólo los horteras andaban por aquí porque no sería justo ni exacto. Con esto de las jubilaciones anticipadas, los que están y no están en el paro, los que viven del cuento, los que se dedican a actividades inconfesables y los que trabajan desde casa, los visitantes están aquí todo el año.

Para prever estas, no vamos a llamarlas invasiones, nuestras atentas autoridades han dispuesto nuevos aparcamientos, transporte público de primera -regional claro- y toda clase de comodidades. Lo que no han podido conseguir es hacer las calles retráctiles. Seguramente porque la expresión no es correcta ya que se aplica más al cuerpo animal como a las uñas de los gatos. Pero es que construir aceras, allí donde se puede, de cinco metros de ancho no tiene sentido si sólo transita, de vez en cuando, un triste peatón. Ni calzadas de tres pistas para que circule un automóvil los domingos y fiestas de guardar. Pero en los días que afortunadamente acaban de pasar, las vías se hacían estrechas para calificarlas de un modo benévolo.

Y el gran problema es que la educación vial parece que no se imparte ni en casa ni en las escuelas. Debo confesar que no recuerdo que tampoco formara parte de mi currículo y que aprendí a moverme por mi cuenta y fue la experiencia mi maestra. Es cierto que entonces no era tan difícil el arte. Hoy se ha complicado mucho. Por un lado, parece que todo el que aterriza en esta hermosa ciudad parte de la base que todos estamos de vacaciones o no tenemos nada que hacer. Por eso, quizá, ralentiza el ritmo. Si no me cree, mida el tiempo que emplea un peatón cualquiera en una capital en recorrer una manzana y compárelo con cualquier viandante en Ricardo Soriano. Por otro, se sale a pasear con la familia completa. Esto está muy bien siempre que no se ocupe todo el espacio disponible y se obligue a atropellar o a sortear a un infante que inocentemente y bajo la creencia que está en el jardín de su casa va dando tumbos. Otros se detienen cuando les da la gana, cuando cualquier cosa les llama la atención, un escaparate o un árbol que como hay tan pocos... Inadvertidos que las dimensiones son tres no reparan en que le sigues, involuntariamente porque no tienes más remedio y te precipitas sobre él. Bueno, no digamos nada sobre los que salen a pasear a sus mascotas atadas con una traílla. No los han preparado al efecto ni tampoco tienen la menor idea de como se debe conducir a un animal por la calle: lo más cerca posible del amo. Ni tampoco hay que abundar sobre los cochecitos ni sobre los llamados «correpasillos» muy poco apropiados para las congestiones.

Pero los peores de todos son aquellos que son tan importantes que no pueden separarse de las aplicaciones de su aparato más querido. No sólo hablan, lo que les permitiría mantener en funcionamiento sus sentidos de la vista y del oído sino escriben y leen mientras caminan a diferencia de lo que se decía de un presidente de los Estados Unidos. Y embisten.

Kamikazes, oiga.

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